“El propósito de la república,
es garantizar la justicia y seguridad de sus ciudadanos”.
—Cicerón
Eje fundamental: el ciudadano
La cuadrilogía de marzo demostró que los impactos, por más medidos que estén, se pierden antes de llegar a su destino. Esta adenda reencauza el impacto principal de toda obra: el ciudadano.
Los ensayos anteriores analizaron las falacias y abusos del supuesto beneficio social, sin enfocarse hasta hoy en lo esencial: el ciudadano, tal como establece la Constitución en sus Artículos: 1º y 2º.
Este ensayo complementario expone la desconexión entre políticas públicas y el beneficio social. Con ironía, señala cómo la burocracia y las métricas económicas han desplazado al ciudadano, convirtiéndolo en el protagonista ausente del escenario estatal, creando la paradoja del Estado todopoderoso y el ciudadano olvidado.
El Estado reclama más poder, mientras el ciudadano se pierde en trámites y discursos vacíos, por eso, dejaremos claro que no basta con establecer objetivos, hay que definirlos bien.
Los impactos reales se escapan de las categorías económicas, por ejemplo: que si el PIB crece—excelente y de acuerdo, pero no mide si un enfermo llegó vivo al hospital, si un niño cruzó la calle con seguridad, o si una comunidad mejoró su salud con un plan de movilidad.
Los parámetros económicos actuales —retorno sobre la inversión, eficiencia en minutos ahorrados— no representan el valor real, confunden cantidad con densidad, magnitud con profundidad, estadística con justicia.
Reclamamos que el primer impacto —el constitucional, el humano, el que justifica el Estado— recupere su lugar, no como declaración retórica, sino como nuevo criterio de evaluación, no como adorno, sino como vara para medir si la obra pública sirve para algo más que para informes de gestión o para llenar alforjas.
PROTAGONISTA AUSENTE.
Las políticas públicas, diseñadas para ayudar a la gente, a menudo se vuelven laberintos donde la persona busca su beneficio sin encontrarlo. Son como pesadillas kafkianas: absurdas e irreales. El ciudadano navega entre formularios y apps digitales buscando lo que debería ser el inicio, no el fin u objetivo de la burocracia.
Llevamos décadas perfeccionando instrumentos de medición del beneficio social, pero sin preguntarnos si ese beneficio realmente beneficia a alguien, inclusive construimos indicadores sofisticados perdiendo de vista lo elemental: cada variable numérica encubre una historia humana que merece ser atendida sensiblemente.
MENSURAS.
Cuando afirmamos que el beneficio social debe ser real, medible y efectivo, no estamos incurriendo en una simple redundancia conceptual. Estamos exigiendo, con la contundencia de quien reclama lo obvio, que la política pública abandone su narcisismo institucional y se doble reverentemente con humildad, ante la realidad concreta de quienes supuestamente la justifican.
Este trío de condiciones no es un lujo, sino la base mínima para que el Estado recupere su sentido y legitimidad, porque un Estado que no mejora la vida de sus ciudadanos, es un monstruo burocrático que se alimenta de su propia grandilocuencia.
Estamos reclamando que la política pública deje de ser un ejercicio de autocelebración y se convierta en un acto de servicio genuino, con éstas tres condiciones:
a. Real. Significa que el beneficio exista más allá del papel donde se imprimió el decreto.
b. Medible. Que podamos contarlo y verificarlo sin necesidad de un doctorado en interpretación de geroglíficos, y
c. Efectivo. Que funcione en la vida diaria: que la señora que espera su pensión pueda comprar sus medicamentos, o que el joven que busca empleo encuentre un salario digno y no un curso de emprendimiento, o que el enfermo acceda a la salud sin perderse en un dédalo de listas de espera y derivaciones.
RESTABLECIMIENTO DEL SITIO.
He aquí pues, la propuesta que reivindica con modestia, pero con firmeza: “que toda política pública incorpore, como cláusula fundacional irrenunciable, la obligación de mirar al ciudadano a los ojos.”
Que no sea como metáfora poética, sino como ejercicio efectivo de diseño institucional, que antes de aprobarse una norma, alguien deba responder, con nombre y apellido la pregunta más incómoda de todas: ¿quién demonios gana con esto?
La respuesta no debe ser “el PIB”, o “la competitividad” o “los indicadores macroeconómicos”, la respuesta invariablemente se manifestará en el rostro de un ciudadano, con nombre y apellido, asumiendo sus responsabilidades.
El beneficio social efectivo posee esta característica excepcional: cuando se materializa, es evidente y debe disminuir la brecha entre la norma y la realidad, acortando el lapso entre la necesidad y su satisfacción.
Si hay una lección que este addendum deja clara, es que el ciudadano no es un dato más en una tabla, ni una variable económica, ni un número en un informe.
Es el centro, el fin último y la razón de ser del Estado, y recuperar ese foco, no es un capricho ni un idealismo ingenuo, sino la única manera de que la política pública deje de ser un teatro de sombras, y se transforme en una herramienta de justicia y bienestar.
Así y solo así, en ese instante fugaz pero luminoso, la política pública dejará de ser un ejercicio de poder para convertirse en eso que siempre debió ser: un acto responsable de atención y cuidado colectivo.
Corolario:
“Poner al ciudadano en el foco, es todo”.
- Fotografía en portada de MJ S a través e Unsplash.