Infraestructura de utilería

“La política es el arte de impedir que la gente se entrometa en lo que le atañe.”

— Paul Valéry

Hay escenas que, aunque decisivas para el destino de un país, rara vez ocupan titulares, no son épicas ni cinematográficas: transcurren en oficinas con aire acondicionado, bajo luces neutras, donde un especialista —o alguien que finge serlo— acomoda cifras y tablas para que el Estudio de Impacto Ambiental produzca el resultado esperado: la aprobación del proyecto.

No importa si hay un humedal, una comunidad indígena o un suelo que se hunde con la primera lluvia, el software utilizado tiene un botón mágico llamado “compensación ambiental”, capaz de transformar un desastre ecológico en un “impacto mitigable”, esta es la alquimia moderna: la que convierte el plomo en oro, pero con licencia oficial.

Así se construye la infraestructura de utilería, esa que promete soluciones y entrega espejismos.

IMPACTOS A LA CARTA.

La concepción de un proyecto, junto con los Estudios de impacto de diversa índole, concebidos el primero como la base fundamental, y los segundos como un mecanismo de protección, se han transformado en una mera formalidad. 

Consultoras, con mayor experiencia en relaciones públicas que en disciplinas como la Sociología, Ingeniería y Costos, elaboran extensos informes en los que frecuentemente recurren a la repetición de la palabra sustentabilidad y a la inclusión de imágenes genéricas.

Las consultas públicas son otro teatro: convocatorias selectivas, plazos imposibles, micrófonos controlados y actas redactadas antes de escuchar a nadie y en las cuales los afectados tienen cinco minutos para hablar, justo cuando los periodistas ya se fueron.

El sobrecosto es la segunda función de este circo. Todo proyecto arranca con cifras optimistas: “mil millones”, suena redondo y vende votos, pero cuando las excavadoras ya están en marcha y cancelar sería más caro que continuar, aparecen los “imprevistos geológicos”, los “ajustes sociales” y los “incrementos en materias primas”.

Cada sobrecosto viene avalado—casualmente, por el mismo despacho que bendijo el proyecto inicial, coincidencia estadística, dirán.

Mientras la deuda pública se dispara, la corrupción ya no necesita sobres bajo la mesa: ahora se viste de legalidad con estudios técnicos y justificaciones creativas.

CRONOGRAMAS DE REALISMO MÁGICO

La planificación es otro capítulo de ficción. Se anuncia la construcción de trenes en un plazo de cinco años cuando los estudios geotécnicos apenas empiezan y los demás ni se tienen, se inauguran puertos exprés sin infraestructura adecuada para las nuevas caracteríaticas y capacidades de los buques, al igual como se cortan listones en hospitales sin médicos y en escuelas sin maestros.

Los cronogramas son literatura fantástica, ya que los plazos imposibles son los que generan titulares y expectativas, y cuando fracasan, ya se anda pensando en la reelección o en la organización de la sucesión, mientras el problema se hereda como las deudas, de las cuales nadie responde.

ANTIFACES.

Detrás de cada procedimiento—como en la lucha libre, hay una máscara:

a). La técnica, que disfraza decisiones políticas.

b). La legalidad, que cumple requisitos formales para burlar la ley.

c). La participación, que escucha para no oír, y convoca para excluir.

El simulacro está tan perfeccionado que parece real, pues en él los documentos existen, las firmas están, los procedimientos se cumplen, pero resulta que la obra no sirve, no llega, no funciona o nunca existió.

En tanto, la deuda sigue creciendo y los impuestos futuros, servirán para cubrir los gastos de ahora, así que, aunque no veamos el costo inmediato de estas decisiones, al final lo pagaremos todos, incluso quienes no tuvimos voz ni voto en el asunto.

El daño más profundo, sin embargo, es al conocimiento, pues cuando la simulación se normaliza, la sociedad pierde la capacidad de distinguir lo verdadero de lo falso.

Ejemplo de ello puede ser un puente que se cae y se explica con tecnicismos, o un hospital vacío que se justifica con “procesos en curso”, y hasta un tren que nunca llega atribuyéndole “complejidades imprevistas” en la vía.

La verdad se convierte en una opción más, y en ese relativismo, la democracia se desangra.

PRUEBA DE VERDAD.

Desmontar este andamiaje de cartón exige tres medidas simples pero radicales:

  1. Transparencia absoluta. Todos los estudios deben ser públicos, accesibles y sometidos a contraloría social antes de aprobar un solo peso.
  2. Responsabilidad personal. Los técnicos que avalan imposibles deben arriesgar algo: su registro, su reputación, su tranquilidad.
  3. Comparación internacional. Cada proyecto debe contrastarse con experiencias similares. Si una refinería en Arabia Saudita tarda doce años, ¿por qué aquí prometemos cuatro?, sin embargo, aclaremos que mostrar la referencia, no garantiza honestidad, pero al menos desnuda la mentira.

La simulación seduce porque evita el conflicto, porque inaugura sin construir, porque entrega discursos en lugar de realidades, pero el país real sigue ahí, esperando: con sus suelos inestables, sus comunidades invisibles y sus necesidades urgentes.

Corolario:

“Necesitamos Infraestructura de verdad, no de utilería.”

  • Fotografía en portada tomada de la biblioteca personal del ICC Tito G. Fenech Cardoza.