El arte de sortear andamios y escombros

“Nos comprometemos a promover la creación de espacios públicos:

 seguros, inclusivos, accesibles, verdes y de calidad, incluidas calles, aceras…”

— ONU-Hábitat (Nueva Agenda Urbana)

 

En las ciudades que se toman en serio, el peatón es tratado como patrimonio cultural, aquí en cambio, el espectáculo comienza con dos personajes principales: el inspector invisible y el contratista mago.

El inspector invisible aparece solo para multar a quien estaciona mal, pero se esfuma cuando se trata de vigilar un andamio tambaleante. Nadie lo ve, nadie lo oye, pero todos sabemos que existe: es el Houdini de la burocracia.

El contratista mago, por su parte, domina el arte de transformar una cinta amarilla en “protección peatonal”. Con un gesto teatral, coloca tablas clavadas en postes tambaleantes y declara solemnemente: “¡Listo, ya está seguro!” El público aplaude, aunque el escenario parezca más un campo minado que una obra civil.

Mientras tanto, el peatón equilibrista —ese héroe involuntario— baja al arroyo de la calle, esquiva coches y se juega la vida con la destreza de quien nunca pidió ser acróbata. El resultado es un circo urbano donde la ironía se convierte en trapecio y la responsabilidad en una red que nunca se despliega.

Caminar por la escarpa (acera o banqueta) debería ser un acto democrático, pues en ella conviven tanto el ejecutivo que corre, las madres con carreola, las personas con limitaciones y el turista que busca la Catedral, pero basta levantar la vista para descubrir que sobre nuestra cabeza, un operario sostiene una cornisa centenaria con la gracia de un mesero que equilibra copas de champán, y abajo nosotros, confiando que su pulso no falle.

La postal de la ciudad que se renueva nos emociona: la fachada recupera su esplendor y el orgullo barrial se infla, pero seamos francos, el camino hacia esa postal está sembrado de escombros, andamios cojos y, lo más grave, de una ausencia absoluta de lo que en otros lugares se llama “sentido común urbanístico”.

Aquí, la moda es cercar la vereda con una cinta plática con la leyenda de peligro y creer que unas tablas clavadas en postes tambaleantes equivalen a protección, mientras tanto, el peatón se juega la vida bajando al arroyo de la calle, arriesgándose a terminar abrazado al capirote de un coche.

Resulta paradójico que la autoridad municipal, tan meticulosa en la aplicación de sanciones por infracciones menores, como el cruce indebido de líneas amarillas, demuestre una notable omisión en la supervisión de la seguridad constructiva. 

La exigencia de un andamio robusto, lejos de ser una medida excesiva, constituye una responsabilidad fundamental para garantizar la integridad estructural de las obras y la protección de la seguridad de los trabajadores. 

La aparente resistencia a adoptar prácticas constructivas más rigurosas, observadas en otras ciudades, refleja una falta de visión estratégica y una posible subestimación de los riesgos asociados a la construcción. 

Es imperativo que la autoridad correspondiente, establezca prioridades para la seguridad y adopte medidas proactivas para garantizar la calidad y la integridad de las obras de infraestructura de todos los niveles de gobierno.

TÚNEL QUE NUNCA LLEGA.

En esas urbes que algunos llaman “del primer mundo” —expresión cursi pero útil para el ejemplo— la receta es sencilla y tiene nombre: túnel. Cuando se toca una fachada, no solo se protege el techo, se extiende la protección hacia afuera, hacia nosotros, se crean pasarelas cubiertas, robustas, señalizadas e iluminadas, que permiten al peatón cruzar con la misma tranquilidad con la que pasea por una galería comercial.

El andamio no es obstáculo, es paraguas, el tránsito fluye, el comercio de planta baja respira y nadie tiene que hacer un serpenteo (eslalon) entre conos o cubetas rellenas de concreto.

Aquí en cambio, seguimos representando una ópera bufa: el contratista improvisa, la autoridad aplaude desde el palco, y el peatón se convierte en protagonista involuntario de un espectáculo de riesgo.

No pedimos la Luna, pedimos apenas que la vía pública sea tratada como extensión del hogar de todos, del mismo modo que no permitiríamos que un albañil dejara herramientas en medio de nuestra sala, no deberíamos tolerar que se juegue con la integridad de quien solo quiere llegar al trabajo, al paradero o a la panadería.

Señores inspectores, autoridades y amigos constructores: la seguridad no es un adorno que entorpece la obra, es la obra per se.

Pónganle un techo a sus excusas y, de paso, un túnel a nuestras banquetas, porque mientras ustedes repiten en cada foro, entrevista o presentación sus trillados discursos sobre Sustentabilidad en el que se ufanan en reiteradamente en repetir que “el futuro es peatonal” y que están enfocados en su cumplimiento, el ciudadano sigue esquivando cubetas y tablones, como si participara en una versión urbana del programa “supervivencia al desnudo”.

La ciudad no se mide por el brillo de sus fachadas, sino por la dignidad de sus aceras, en el que el peatón, ese protagonista invisible, merece más que un aplauso por su destreza: merece respeto, infraestructura y garantías.

Y si de slogans se trata, aquí va uno que no necesita de un comité de mercadotecnia, el cual hoy dejamos sentado como corolario:

“Peatón seguro, ciudad de primera.”

  • Fotorafía en portada de la biblioteca personal del Ing. Alfonso A. González Fernández.