“El lenguaje más obscuro es el más mentiroso”
— Georg Christoph Lichtenberg
En nuestro tiempo, la claridad es un acto de valentía y esta máxima contemporánea, resuena con fuerza ante una práctica intelectual tan antigua como engañosa: la de disfrazar la vacuidad con complejidad innecesaria.
Friedrich Nietzsche, con su aguda lucidez, la describió con una metáfora imborrable: “Enturbian el agua para que parezca profunda”, convirtiendo esta frase no solo en una crítica literaria, sino en un faro que nos alerta contra un ardid común en la comunicación moderna, donde la oscuridad se vende a menudo como profundidad, y la confusión se erige en credencial de saber.
El mecanismo es sencillo y a la vez efectivo, pues frente a la inseguridad de no tener algo sólido que decir, o ante el temor de que una idea simple sea percibida como trivial, se recurre a un lenguaje enredado, atravesado y a una jerga impenetrable de conceptos abstractos, todos ello dispuestos, además, de manera confusa.
Se agita el fondo de la charca con términos grandilocuentes y construcciones retóricas laberínticas, creando así la ilusión de que allí yace un abismo de significado, cuando en realidad solo hay lodo y poca agua.
Es la estrategia del sabihondo, del pseudoerudito que prefiere el asombro confuso del público, al riesgo de una exposición diáfana que podría someterse al escrutinio, sin embargo, este fenómeno ha evolucionado desde el individuo aislado, hasta adoptar formas organizadas y casi burocráticas en nuestra era.
La ironía más fina—y a la vez más triste—se manifiesta cuando esta táctica deja de ser un recurso espontáneo, para convertirse en una metodología consciente, y es así cuando surgen los verdaderos arquitectos del fango.
MAQUINACIÓN.
No nos referimos únicamente al profesor que esconde su ignorancia tras una pizarra llena de ecuaciones incomprensibles y desordenadas, sino a equipos enteros en consultorías, departamentos corporativos o incluso los modernos “laboratorios de ideas” (think tanks), cuyo modus operandi se basa en un ciclo perverso de tres actos:
I Acto: Se especializan en agitar el agua con una maestría envidiable: crean problemas inefables, diseccionan realidades simples en complejidades esotéricas y redactan informes de cientos de páginas, donde lo evidente se pierde en un bosque de neologismos y gráficos redundantes. La claridad es el enemigo, pues disolvería su razón de ser.
II Acto: Crean un espectáculo del caos que ellos mismos generaron, presentándolo como el desafío más formidable de nuestra era, una crisis que solo mentes preparadas pueden descifrar.
La solución está más allá del sentido común, pues se consagran como los únicos intérpretes de su propia niebla, tras desplegar diagramas sin sentido y retórica apocalíptica, se postulan como los iluminados capaces de restaurar el orden.
Equivalente a la tarea de un cirujano que opera a un paciente al que él mismo envenenó, presentan la solución obvia como un hallazgo genial, esperando una ovación por apagar el incendio que provocaron. Es la farsa completa.
III Acto: El más lucrativo: la redención por designio. Tras meses de análisis y reuniones interminables, estos mismos equipos “descubren” una solución que, para el ojo no entrenado, se parece sospechosamente al sentido común, aplicado a la opción más simple que cualquiera hubiera propuesto al inicio, de no haber sido porque el agua estaba deliberadamente turbia.
Se presentan entonces como héroes, como salvadores que han navegado los abismos de la complejidad para traernos la luz. Se premian a sí mismos con reconocimientos, presupuestos renovados y una autoridad ampliada, habiendo creado y resuelto artificialmente su propio misterio.
Es el círculo perfecto de la inutilidad pretenciosa, un teatro donde el drama, el clímax y el desenlace son escritos, producidos y protagonizados por la misma compañía.
NEBLINA.
Esta es una práctica nociva. Enturbiar el agua intelectual, tiene consecuencias prácticas que van más allá del desperdicio de recursos, pues erosiona el debate genuino, perturba a quienes buscan entender, creando una aristocracia ficticia de los “iniciados” que dominan un código vacío y, lo más grave, desplaza desacreditando a los verdaderos expertos, aquellos cuya profundidad se mide por su capacidad para iluminar y simplificar lo intrincado, sin traicionar su esencia.
En ámbitos académicos, mediáticos o corporativos, esta bruma verbal puede otorgar una autoridad no ganada, impidiendo que las ideas verdaderamente valiosas—claras, robustas y transformadoras—brillen por sí mismas. Fomenta una cultura de la desconfianza hacia el lenguaje mismo, donde se asume que lo importante debe ser, por fuerza, inaccesible.
Identificar este ardid, es el primer paso para desactivarlo. Poder explicarlo de manera que cualquier abuelita lo logre entender, no es una pregunta ingenua, sino un poderoso filtro contra la charlatanería.
Exigir claridad no es síntoma de simpleza, sino de rigor intelectual y respeto por el interlocutor.
La auténtica profundidad no teme a la luz, al contrario, se revela y enriquece en ella.
Las ideas que transforman el mundo, desde las leyes de la física hasta los derechos humanos, se expresan con elocuencia y accesibilidad, multiplicando su significado.
El verdadero genio muestra los océanos en una gota con transparencia, luego entonces, valoremos la transparencia del cristal puro, frente al caos y la penumbra, ya que la elegancia intelectual reside en iluminar.
Desconfiemos de quienes venden niebla, pues prosperan en la oscuridad que crean.
Corolario:
“La verdadera profundidad es transparente”
- Fotografía en portada de Carolina Pimenta a través de Unsplash.