“Nadie planea fracasar,
simplemente fracasan por no planificar”
—Anónimo
La prevención y gestión de riesgos son en esencia, lo que solemos llamar “protocolos de seguridad”, aunque en realidad equivalen a portar un paraguas cuando el cielo amenaza tormenta y aunque ni es glamuroso, ni genera aplausos digitales, si evita que lleguemos a la oficina con aspecto de sopa en preparación.
La gestión del flujo de personas o del tráfico no constituye un simple acto de orden, sino que representa la distinción entre dos alternativas: la primera es la posibilidad de llegar, salir o evacuar de cualquier concierto, evento deportivo o mitin, mientras se disfruta de la música favorita.
La segunda, padecer como copartícipe en un caótico ensayo al aire libre, donde el claxon reemplaza a la orquesta, los insultos a los coros y el embotellamiento vehicular, en una prueba de temple neuronal involuntaria, asociada a los peligros inminentes que ello conlleva.
La preparación para emergencias corresponde a otro análisis, ya que tener rutas de evacuación claras y saber cómo actuar ante un incendio o una estampida, es como conocer la salida de emergencia del cine, ya que nadie compra el boleto por eso, pero el día que la pantalla empiece a echar humo, será mejor saber hacia dónde correr y no hacia el proyector creyendo que es una puerta.
AUXILIO.
El diseño de infraestructuras robustas y la garantía de la continuidad de los servicios esenciales durante y después de un desastre son fundamentales para la seguridad y el bienestar de la sociedad.
La resiliencia de la infraestructura, si bien puede parecer un término técnico propio de congresos de ingeniería, se traduce en la capacidad de las estructuras para resistir y recuperarse de eventos adversos sin colapsar, al igual que el mantenimiento de una dieta equilibrada y la práctica regular de ejercicio, los beneficios de la resiliencia de la infraestructura no son inmediatos, y requieren un compromiso constante.
Cuando se enfrenta una crisis, ya sea de salud pública, un sismo, una emergencia masiva o la evacuación de algún sitio, estas medidas preventivas se convierten en un recurso invaluable para la supervivencia, desempeñando un papel crucial e irrenunciable en la colaboración entre las autoridades y la sociedad.
Resulta cómico que como sociedad gastemos fortunas en reconstruir lo destruido, mientras regateamos cada centavo destinado a fortalecerlo desde el inicio. Preferimos el drama de la reconstrucción heroica a la sobria elegancia de la previsión silenciosa. ¿La razón? Lo preventivo carece de banda sonora épica, mientras lo reactivo, en cambio, llega con sirenas de bomberos y aplausos vecinales, aunque lo que olvidamos, es que esos aplausos suelen resonar entre escombros.
Garantizar la continuidad de servicios como el agua o la energía no es solo tarea de ingenieros visionarios, es un acto de respeto hacia nosotros mismos, porque siendo francos, ¿de qué sirve el mejor plan de evacuación si al salir no hay ni una lámpara encendida, ni señales, ni autoridades presentes?
Por eso consideramos a la resiliencia como a ese amigo discreto que nunca alza la voz en la reunión, pero que cuando todo se desmorona, sabe reparar la tubería y tiene pilas de repuesto.
Esa caricatura refleja nuestra condición humana, solemos subestimar el peligro hasta que nos alcanza, y entonces descubrimos que la improvisación nunca fue un plan.
CORRESPONSABILIDAD.
Las autoridades deben ir más allá del “paraguas individual”, pues no basta con que cada ciudadano lleve su paraguas, son las autoridades las que tienen exclusivamente la responsabilidad de garantizar que existan techos sólidos bajo los cuales cobijarse antes y durante la crisis, planificando con rigor y comunicando con claridad.
La prevención institucional no debería ser un trámite burocrático, sino un acto de liderazgo que inspire confianza pues elaborar protocolos, invertir en infraestructura y educar a la población son tareas que aunque carezcan de titulares espectaculares, constituyen la verdadera música de fondo de una sociedad preparada.
Durante la emergencia, la responsabilidad se transforma en presencia y coordinación. No se trata de aparecer en escena “a toro pasado” con discursos solemnes, sino de asegurar que los recursos lleguen, que la información fluya y que las decisiones se tomen con rapidez y transparencia.
“La autoridad que improvisa en medio del caos no es heroica, es negligente,
en cambio, la que actúa con serenidad y eficacia,
convierte la crisis en una oportunidad de cohesión social”
—Alfonso A. González F.
En suma, las instituciones deben ser el paraguas colectivo, es decir, invisibles cuando el cielo está despejado e indispensables cuando la tormenta arrecia, ya que su grandeza no se mide en aplausos posteriores, sino en la discreta eficacia que evita que la tragedia se convierta en espectáculo.
Optemos, pues, por el camino elegante —y a veces irónicamente chusco— de la previsión, convirtiéndonos en esos seres lúcidos, que prefieren sudar en la paz de la planificación, antes que sangrar en la guerra de la improvisación, porque al final, la verdadera sofisticación no consiste en sobrevivir al caos, sino en haberlo vuelto imposible desde el principio.
Corolario:
“La factura de la prevención, siempre es menor que la cuenta de las consecuencias”
- Fotografía en portada por Mitra Mehr a través de Unsplash.