Futuro industrial ¿con qué agua?
«Cuando el pozo se seca, conocemos el valor del agua».
— BENJAMIN FRANKLIN
Yucatán quiere pasar de vender sol, playa y cochinita a fabricar componentes para la economía digital.
La ambición es legítima y el momento, propicio: la rivalidad comercial entre Estados Unidos y China —eso que los economistas llaman “decoupling” y los políticos llaman oportunidad— obliga a miles de empresas, a buscar plantas más cerca de su mercado y más lejos de sus riesgos. México está en el mapa, ahora la pregunta seria es si Yucatán está en el mapa correcto.
Desde junio de 2024 existen por decreto dos Polos de Desarrollo para el Bienestar en el estado: Progreso I, anunciado con 223 hectáreas (hoy parecen ser 84) en la carretera a Progreso, y Mérida I, con 60 hectáreas junto al Parque Científico y Tecnológico.
Atenderán once sectores, entre ellos semiconductores, dispositivos médicos, electrónica y energías limpias, y la cartera estatal presume más de 112 mil millones de pesos en proyectos manifestados. Manifestados, conviene subrayarlo, no es lo mismo que construidos.
LA VENTANA DEL DESACOPLAMIENTO
Los incentivos son generosos: exención del impuesto sobre la renta en los primeros años, reducción posterior y deducción acelerada de inversiones durante seis; un menú atractivo para cualquier consejo de administración.
Pero los incentivos fiscales tienen una virtud y un defecto: atraen capital con rapidez y lo despiden con la misma puntualidad cuando expiran. La inversión que llega solo por el descuento se va cuando el descuento termina.
Seamos honestos también con la palabra “semiconductores”, con la que se nos promete la entrada al mundo digital.
La fabricación de “obleas” exige cantidades monumentales de agua ultrapura, energía sin parpadeos y un ecosistema de proveedores que hoy no existe en la península.
Prometerla sería vender humo con certificado de origen, lo realista —y no es poco— son el diseño, las pruebas, el empaque y el ensamble de componentes, junto con dispositivos médicos y electrónica de precisión: nichos de alto valor que sí caben en nuestra escala, siempre que se cultive lo que ningún decreto otorga: proveeduría local y talento técnico formado aquí.
MANIFESTADO NO ES LO MISMO QUE CONSTRUIDO.
La energía es la otra mitad de la ecuación. El gasoducto Cuxtal II, de cerca de 700 kilómetros, elevará la capacidad de transporte de 250 a 567 millones de pies cúbicos diarios en una región que ha padecido déficits de hasta un gigawatt en horas pico. Es buena noticia, con dos matices:
I. El gas es transición, no destino, y llamarlo “energía limpia” es como llamar “dieta” a la segunda ración.
II. Los conflictos por derecho de vía en Hoctún y Seyé, recuerdan que la infraestructura sin acuerdo social cobra intereses que ningún contrato considera en su presupuesto.
EL ACUÍFERO NO FIRMA CONVENIOS
Aquí llegamos a lo que los folletos de inversión dejan en letra pequeña. Yucatán no tiene ríos: toda el agua que beben Mérida, los municipios y la industria proviene de un acuífero kárstico, poroso como esponja y confiado como niño.
Estudios académicos estiman que 71 por ciento de ese acuífero presenta vulnerabilidad alta, muy alta o extrema a la contaminación, y ubican a la zona metropolitana de Mérida como el área de mayor peligro del estado. Un monitoreo reciente reporta contaminación en la gran mayoría de los cenotes analizados, aunque quien bebe de pozo rural lo sabe sin necesidad de estudios.
Con ese diagnóstico sobre la mesa, el nuevo decreto de protección hídrica tuvo una ocurrencia notable: dejar fuera a Mérida, Kanasín y Umán, justamente donde la presión urbana e industrial es mayor. Es como proteger la casa cerrando con llave todas las puertas, excepto la principal.
En nuestra geología no existe la descarga inocua: lo que una planta vierte mal tratado no se pierde en el horizonte; regresa, con paciencia geológica, al grifo de alguien.
Por eso la condición de entrada a los Polos no debería ser solo el registro fiscal, sino un compromiso medible: reúso obligatorio de agua tratada, extracción y descarga publicadas en tiempo real, y verificación independiente. Este es el verdadero desacoplamiento que necesitamos: separar el crecimiento industrial del consumo de agua de primer uso.
Queda la palabra que da nombre a los Polos: bienestar: Umán ha crecido más de un tercio en población desde 2010, y varios municipios receptores carecen todavía de drenaje suficiente para sus propios habitantes.
Si la industria llega antes que el alcantarillado y su tratamiento, la brecha metropolitana no se cerrará: se pavimentará.
Una fracción del beneficio fiscal destinada a un fondo de infraestructura social, atado a cada proyecto, garantizaría que el bienestar deje de ser adjetivo y se convierta en tubería.
La rehabilitación de plantas de tratamiento que hoy emprenden la Conagua y el gobierno estatal va en la dirección correcta, pero a escala de remiendo frente al tamaño de la apuesta.
Atraer inversión masiva con infraestructura sanitaria de mediano alcance, es invitar a cenar sin haber comprado la vajilla.
Franklin lo escribió hace casi tres siglos, cuando nadie hablaba de chips ni de cadenas globales y hoy Yucatán tiene la rara ventaja de poder aprender la lección antes de que el pozo se seque.
Sería imperdonable aprenderla después, con las plantas operando y el acuífero pagando la factura.
COROLARIO:
“Industria sí; sed, no.”
- Fotografía en portada de Engin Akyurt a través de Unsplash.