“¿Qué es la ciudad, sino su gente?

—William Shakespeare.

Tenemos en México una costumbre entrañable: bautizar antes de nacer. Cada nuevo desarrollo habitacional llega precedido de un nombre luminoso (Renacimiento, Bienestar, Esperanza, Futuro, Solidaridad) y de una cifra redonda de viviendas.

El caso reciente de Ucú, Yucatán, con cerca de catorce mil viviendas proyectadas, constituye un ejemplo representativo de una tendencia nacional caracterizada por desarrollos con denominaciones llamativas y presentaciones impecables, aunque con planes de infraestructura limitados, obscuros y hasta tímidos.

Conviene decirlo de entrada: la vivienda asequible es un derecho y una deuda histórica, y que el Estado y el sector privado se ocupen de ella, es una buena noticia.

Precisamente por eso merece la mejor ingeniería disponible, empero, la pregunta no es si deben construirse nuevos desarrollos, sino cómo lograr que quienes los habiten, encuentren además de un techo, una ciudad.

CUENTAS QUE EL TERRITORIO NO PERDONA

Propongo una sencilla regla de servilleta, útil para cualquier sitio y cualquier sexenio. Consideremos un ejemplo hipotético, aunque bastante real: cada mil viviendas, a 3.5 habitantes en promedio, equivalen a unas 3,500 personas.

Con una dotación modesta de 200 litros por habitante al día, demandan unos 700 metros cúbicos diarios, cerca de ocho litros por segundo sin descanso, y devuelven alrededor del ochenta por ciento como agua residual que alguien, en algún lugar, tendrá que tratar. Multiplíquese por catorce y se entenderá la escala del asunto.

Ninguna geografía está exenta. En la península de Yucatán, el suelo kárstico hace que el agua que bebemos y la que desechamos sean vecinas, y conviene que no se vuelvan parientes. En el altiplano, el reto es la sobreexplotación; en la costa, la intrusión salina; en las laderas, el riesgo.

Como notamos: cambia el problema, no la obligación de resolverlo antes.

Hay, además, una dependencia silenciosa: el agua moderna viaja impulsada por bombas, y las bombas requieren kilowatts. Muchas ciudades del país ya padecen interrupciones de suministro cada vez que la red eléctrica titubea.

Conectar miles de usuarios nuevos a sistemas que operan al límite, confiando en que la luz no se vaya, es un acto de fe que la ingeniería aún no puede suscribir.

Luego está la densidad. Bien planeada, es virtud urbana: acorta trayectos, abarata redes y protege el suelo agrícola y natural, sin equipamiento, en cambio, solo concentra carencias. Una vivienda a una hora de la escuela más cercana, es un patrimonio que se paga dos veces: en abonos y en pasajes.

Resulta igualmente relevante un presupuesto que prioriza las viviendas, pero posterga la construcción del pozo, la planta de tratamiento, la subestación y la vialidad de conexión. Esta decisión constituye una variable oculta —conveniente para el impacto económico inmediato—, pues traslada el costo al municipio y a las familias.

CINCO PRUEBAS.

Toda obra de relevancia se fundamenta en aspectos no visibles, por ello la propuesta son al menos, cinco criterios que cualquier nuevo desarrollo, ya sea público o privado, debería cumplir antes de la entrega de la primera llave:

1) Balance hídrico verificable. Fuente, disponibilidad real y efecto sobre los usuarios existentes y sobre el acuífero o la cuenca.

2) Saneamiento desde el primer día. Tratamiento con estándar de reúso; miles de fosas sépticas no son un ahorro, sino un crédito con intereses muy altos.

3) Resiliencia energética. Respaldo y almacenamiento, porque la buena voluntad, aunque abundante, no mueve bombas.

4) Movilidad integrada. Transporte público y vialidades primarias operando antes de las mudanzas, no después de las primeras quejas.

5) Equipamiento con fecha. Escuelas, salud y abasto en el mismo cronograma de la vivienda y con presupuesto asignado.

Nada de lo anterior exige inventar normas: basta aplicar con rigor las que ya existen y abrir a tiempo la evaluación técnica.

Las manifestaciones de impacto ambiental y las autorizaciones urbanas son el momento procesal para que colegios de profesionistas, academia y sociedad civil aporten su conocimiento —sin sesgos— ya que hacerlo después, sería como entregar el cálculo estructural el día de la inauguración: útil para la anécdota, inútil para la obra.

El país conoce bien y de sobra la otra versión de esta historia: conjuntos entregados sin agua, sin transporte, sin mercados y sin escuela, abandonados no por falta de necesidad, sino por exceso de distancia.

Cada nuevo desarrollo tiene la oportunidad de escribir la versión contraria y demostrar que la vivienda social puede ser sustentable, compacta y bien gestionada, fiel a la Agenda 2030 y a su promesa de no dejar a nadie atrás.

Para lograrlo basta un pequeño ajuste en el orden habitual de las cosas: primero la tubería, después la fotografía, para que así, los nombres luminosos y discursos grandilocuentes, dejen de ser promesa para convertirse en descripción.

Antes de la entrega inicial de las llaves, todo desarrollo debe garantizar la disponibilidad de los servicios de agua, drenaje, energía eléctrica, escuela, etc., pues la buena voluntad, por abundante que sea, no opera bombas ni genera energía como los discursos tampoco producen el suministro necesario para su funcionamiento.

Una vivienda a una hora de la escuela más cercana, es un patrimonio que se paga dos veces: en abonos y en pasajes.

COROLARIO:

“Primero la ciudad, luego las casas.”

  • Fotografía en portada de Ian Talmacs a través de Unsplash.