Crónica de los eternos I
El origen de la especie
“El poder tiende a corromper,
Y el poder absoluto corrompe absolútamente”
—Lord Acton
Antes de identificar a cualquier ejemplar, es imperativo comprender su especie para poder desenmascararla. En el contexto de esta saga de tres entregas, nos referimos a la de “El dirigente eterno”, la cual no surge de forma natural ni por intervención divina, ni del espíritu santo, más bien, se cultiva, se nutre y, sobre todo, se tolera.
Este fenómeno, similar al moho, requiere tres condiciones indispensables para su desarrollo: humedad, oscuridad y la ausencia de ventilación. Esta es la primera de tres entregas dedicadas a la fauna que habita cámaras, colegios y asociaciones, y que ha establecido el sillón directivo como su hábitat natural.
GENEALOGÍA DEL SILLÓN.
La especie tiene raíces profundas en nuestra historia. Durante buena parte del siglo XX, el sistema político mexicano organizó a la sociedad en corporaciones: obreros, campesinos, empresarios y profesionistas, cada quien en su corral y con su respectivo capataz.
El trato era sencillo: el líder garantizaba disciplina y aplausos; el gobierno garantizaba canonjías y permanencia. Nadie firmaba contrato, pero todos conocían las cláusulas.
De esa escuela surgieron auténticos campeones de resistencia. Fidel Velázquez encabezó la mayor central obrera del país durante más de cinco décadas y heredó una máxima que muchos directivos llevan tatuada en el alma: “El que se mueve no sale en la foto”.
De igual manera y temporalidad, el término “charrismo”, nacido en 1948 del apodo de un líder ferrocarrilero impuesto desde el poder, describe al dirigente que representa a sus agremiados ante el gobierno, pero sobre todo representa al gobierno ante sus agremiados.
Las cámaras y los colegios no fueron ajenos a esa cultura. Hasta mediados de los noventa, la afiliación a las cámaras empresariales era obligatoria por ley: el socio llegaba solo, pagaba solo y, con suerte, nadie le preguntaba su opinión.
Fue el pago a esa lealtad de la que referimos, todos fueron obligados a afiliarse, a un padrón cautivo que es el paraíso del eterno: clientes que no pueden cambiar de tienda.
LO QUE NO APARECE EN EL INFORME ANUAL
Pero la historia explica el escenario, no el apego. ¿Qué retiene a alguien en una silla que, en teoría, solo da trabajo?
I. El ego. El cargo conlleva el saludo del gobernador, un asiento en el presídium y tarjetas de presentación que enumeran una extensa lista de títulos, comparable a la de un campeón de boxeo. Renunciar a dicho cargo, implica la transición de ser referido como “señor presidente” a simplemente “señor”, una perspectiva que algunos encuentran más desagradable que la muerte institucional.
II. Los privilegios. Los viajes con viáticos, las comidas de trabajo centradas en el consumo gastronómico y el acceso a oficinas donde se gestionan contratos, nombramientos y candidaturas, pueden ser utilizados para exhibir el servicio público o para promover intereses personales. Es fundamental distinguir entre ambas finalidades, ya que la confusión entre ellas puede generar desconfianza en la integridad de la gestión.
III. La vocación de gestor del poder. En ciertos casos, se percibe que el valor del organismo reside más en su capacidad de negociación que en su función de contrapeso. En consecuencia, se brinda apoyo al gobierno en funciones a cambio de reconocimiento, canonjías y prebendas, mientras el gremio asume la responsabilidad de financiar la trayectoria política de su dirigente. El agremiado percibe que cuenta con un representante ante la autoridad, mientras que la autoridad reconoce la existencia de un empleado sin nómina, además de docilidad y apoyo irresticto a cualquier imposición.
IV. El miedo. A la auditoría que revise lo que nadie revisó, al sucesor que abra cajones y, peor aún, a descubrir que la organización funciona perfectamente sin él. Nada aterra más al indispensable que la evidencia de que no lo es.
V. La apatía. Esto es el fertilizante del eterno. No asistir a las asambleas, no leer los estatutos ni reglamentos, firmar la planilla de unidad “para no hacer olas” y luego terminamos quejándionos en el café. El eterno no se sostiene por su fuerza, sino por nuestra comodidad.
Una vez identificada la especie, es imperativo adquirir la capacidad de reconocerla en su entorno natural, prestando especial atención a sus comportamientos característicos, sus mecanismos de camuflaje y su peculiar susceptibilidad a la crítica.
COROLARIO:
“Conocer al eterno es empezar a despedirlo.”
En la próxima entrega, “Moho en el sillón”, abundaremos en cómo reconocer al ejemplar, el por qué se ofende cuando lo exhiben, y el arte de irse sin irse.
No se la pierda… aunque él, por supuesto, seguirá ahí.
- Fotografía en portada generada con IA.