“Pensar es el trabajo más duro que existe; por eso hay tan pocos que lo practican.”

— Henry Ford

Vivimos instalados en el reflejo, pues cuando alguien pregunta y antes de que la pregunta termine de formularse, ya tenemos una posición, y eso no es pensamiento: es reacción con vocabulario.

La opinión, en su forma más común, no nace de un proceso —nace de un impulso vestido de argumento, se alimenta de lo primero que encuentra: un titular, una simpatía previa, el eco de lo que ya creíamos antes de saber de qué se trataba.

Pensar es otra cosa, y es más lento. Pensar exige suspender el veredicto mientras se examinan las piezas: qué se sabe, qué se ignora, qué consecuencias se siguen de cada camino posible.

El pensamiento tolera la incomodidad inherente a la incertidumbre, mientras que la opinión se resiste a dicha incomodidad y busca una resolución inmediata, aunque esta sea deficiente; en consecuencia, opinar es una actividad de bajo costo, mientras que el pensamiento conlleva un costo elevado, requiriendo tiempo, atención y la disposición a cometer errores en privado antes de alcanzar la precisión en público.

Pero el problema fundamental no es tener opiniones —eso es inevitable y hasta saludable.

El problema es confundir la opinión con el pensamiento, tratarla como si fuera su producto terminado cuando apenas es materia prima.

Vale la pena observar de cerca a los “grandes opinadores”, esos que nunca titubean ante una cámara ni ante un micrófono.

No piensan por pereza, sino por método o instrucciones: han sustituido la deliberación por el repertorio, siguen la línea que les dictan.

Tienen tres o cuatro certezas de bolsillo que aplican a cualquier tema, como quien usa la misma llave para todas las puertas y culpa a la cerradura cuando no abre.

Citan con precisión lo que les instruyen o convenga y con vaguedad providencial lo que lo contradice.

Cambian de bando con el viento, pero jamás de método, porque el método —pensar de verdad— nunca estuvo entre sus herramientas.

Su virtud no es la razón, es la conveniencia con aplomo; y el aplomo, sin razón detrás, es apenas teatro con buena dicción.

Una sociedad que aplaude la rapidez de la respuesta por encima de la calidad del razonamiento, termina gobernada por quien opina más fuerte, no por quien piensa mejor, y ahí es donde el asunto deja de ser filosófico y se vuelve, literalmente, en algo estructural.

CUANDO LA OPINIÓN CONSTRUYE Y EL PENSAMIENTO FALTA.

En la obra pública esta distinción no es un lujo académico: es la diferencia entre una infraestructura que sirve por décadas y una que colapsa —física o socialmente— antes de amortizar su primera piedra.

Decidir dónde va un pozo de drenaje, cómo se autoriza un desarrollo costero o qué vialidad merece prioridad, no son preguntas que toleren el reflejo.

Exigen lo que la opinión rara vez ofrece: estudios de impacto, consulta genuina, evaluación de alternativas, memorias de cálculo, no solo memoria de intención.

Sin embargo, observamos con frecuencia, procesos que se resuelven por opinión disfrazada de técnica: la decisión ya estaba tomada y el expediente se construyó después, a modo, para sostenerla.

Es el “orden invertido” que he señalado anteriormente en estas páginas —donde lo legal se cumple en la forma, pero se traiciona en el fondo—, y aunque ese vicio no es exclusivo de la construcción y de la obra pública, ahí sus consecuencias se vuelven algo concreto literalmente.

El ingeniero responsable no puede permitirse emitir juicios precipitados; debe ejercer un pensamiento deliberado, aun cuando el contexto político favorezca lo contrario.

La urgencia institucional —“es imperativo resolver esta situación de inmediato”, “no se dispone de tiempo para realizar estudios adicionales”— frecuentemente se origina en una opinión apresurada, carente de un análisis metódico.

Y como los “grandes opinadores” que la inspiran, esa urgencia siempre suena convincente, nunca se equivoca en público y jamás regresa a explicar por qué el dictamen no resistió la primera lluvia o devastó un manglar.

Irónicamente, quienes demandan decisiones expeditas son los primeros en manifestar, años después, su desconcierto por la omisión de las consecuencias.

En este punto es donde se evidencia la paradoja: la opinión determina el presente y transfiere la responsabilidad de las consecuencias a quienes no participaron en la toma de decisiones; el pensamiento, por el contrario, determina el presente asumiendo la responsabilidad del futuro.

Porque “pensar en ingeniería significa: aceptar que una decisión de infraestructura compromete recursos, territorio y generaciones, que no estuvieron en la mesa donde se decidió.”

— Alfonso A. González F.

Esta distinción—fundamental, diferencia la gobernanza basada en reflejos de la gobernanza basada en responsabilidad.

La construcción eficaz —ya sea de una vialidad, un reglamento o una política pública— requiere el mismo rigor que la construcción de un puente: cargas calculadas, no intuidas; supuestos verificados, no asumidos; decisiones que resisten el paso del tiempo, no solo la aprobación momentánea.

La infraestructura que perdura es invariablemente el resultado del pensamiento lento; la que colapsa —ya sea en el ámbito físico o social— casi siempre surge de una opinión apresurada que no fue cuestionada oportunamente.

No se trata de desconfiar de toda opinión, sino de exigir que ésta se gane el derecho a convertirse en una decisión.

Por consiguiente, la transición de la opinión al pensamiento, del reflejo al método, distingue a quien gobierna de quien simplemente reacciona, y a quien construye de quien únicamente inaugura.

Corolario:

“Pensar antes de decidir, no después.”

  • Fotografía en portada de Toru Wa a través de Unsplash.