“El estancamiento no es simplemente no moverse,
es bailar en un pie sobre arenas movedizas,
creyendo que así no nos hundiremos”
— Refrán de café.
Crecimiento, estancamiento y el arte de posponer lo inevitable
Nos encontramos en una era caracterizada por una notable dicotomía. Por un lado, los discursos oficiales, los analistas y los propagandistas alineados, nos presentan visiones optimistas de crecimiento, destacando avances en tecnología, inversión y desarrollo económico —que no sostenible.
Por otro lado, la realidad cotidiana se asemeja a una película en cámara lenta, donde las reformas se diluyen, la productividad se estanca y la infraestructura envejece con mayor dignidad que nuestros propósitos de Año Nuevo.
Este contraste entre la promesa y el letargo no es fortuito, sino el resultado de una compleja interacción donde la política y el cortoplacismo predominan, relegándonos a un papel pasivo como observadores de este escenario.
Nos encontramos entre la esperanza de un futuro próspero y la aprensión de enfrentar las consecuencias económicas de decisiones que no hemos solicitado.
DIAGNÓSTICO.
El crecimiento económico, motor fundamental de la creación de empleo, la innovación y la mejora de la calidad de vida, constituye el objetivo primordial de toda administración gubernamental. No obstante, el estancamiento económico, ese estado de aparente estabilidad y confort, se presenta con mayor frecuencia de la que se reconoce públicamente.
Sus causas son multifacéticas: instituciones débiles, que parecen diseñadas para obstaculizar en lugar de propiciar el desarrollo; una resistencia cultural al cambio, disfrazada de apego a la “tradición”; elites económicas que privilegian el monopolio establecido sobre la competencia leal y transparente; y una clase política que prioriza el ciclo electoral sobre la construcción de un legado histórico sólido.
El crecimiento económico requiere una inversión estratégica en educación, infraestructura y marcos jurídicos claros y transparentes, mientras que el estancamiento se perpetúa mediante la inacción y la falta de iniciativa. Esta dicotomía puede ilustrarse comparando el esfuerzo requerido para la construcción de un rascacielos con la apatía que conlleva la inacción.
Resulta irónico que, con frecuencia, se celebren micro-avances, tales como la firma de un tratado o la promulgación de una ley simbólica, mientras se ignoran problemas estructurales más profundos, como la falta de mantenimiento en la infraestructura básica.
En este contexto, se observa una ironía sutil: numerosos actores expresan su apoyo al desarrollo económico, pero manifiestan reticencia cuando se trata de implementar las reformas estructurales necesarias, a menudo percibidas como incómodas o impopulares.
EL MEOLLO.
En el núcleo del problema reside la reticencia a asumir los costos políticos inherentes a la implementación de cambios estructurales, tales como una reforma fiscal integral, la desarticulación de monopolios o una inversión sustancial en ciencia.
Estos cambios generan resistencia en sectores influyentes y pueden erosionar la popularidad del gobierno, por consiguiente, surge la disyuntiva de preservar el capital político actual, en lugar de arriesgarlo por beneficios potenciales que podrían ser cosechados por administraciones futuras.
En consecuencia, se opta por la distribución de subsidios temporales o la inauguración de obras de infraestructura visibles, aunque su impacto sea efímero.
Este temor no es irracional, sino calculado, ya que los líderes políticos priorizan su permanencia en el poder sobre la trascendencia histórica a largo plazo.
La ciudadanía, por su parte, desconfía de las “grandes soluciones” debido a la experiencia de numerosos fracasos disfrazados de promesas.
Este escepticismo perpetúa un círculo vicioso: la política evita asumir los costos, la economía se estanca, la desconfianza se intensifica y, finalmente, se atribuye la responsabilidad a un ente abstracto denominado “contexto internacional”.
Pero en esencia, se trata de una tragicomedia donde el elenco conoce el desenlace, pero ninguno se atreve a desviarse del guion preestablecido.
La superación de este estancamiento requiere, primeramente, el reconocimiento de que no existen soluciones mágicas, sino caminos viables, algunos de los cuales son menos dolorosos de lo que aparentan. Dos estrategias se presentan como posibles soluciones:
a) El “pacto de hierro” es un acuerdo entre actores políticos y económicos para una agenda mínima a largo plazo, inmune a las elecciones. Distribuye equitativamente los costos políticos, evitando que un sector asuma la impopularidad. Países nórdicos lo han implementado con éxito.
b) La “revolución desde abajo” busca una ciudadanía informada que premie planes serios y castigue la demagogia. Requiere educación cívica, transparencia obligatoria y priorizar información sustancial sobre el espectáculo mediático.
Ambas opciones implican riesgos inherentes. La primera podría resultar en acuerdos entre grupos de poder sin la participación efectiva de la sociedad. La segunda, por su parte, podría generar desorden o frustración si los cambios no se implementan de manera inmediata, sin embargo, la alternativa —mantener el statu quo— es insostenible a largo plazo.
Como bien ilustra una metáfora coloquial, “no se puede esperar un crecimiento significativo si se dedica más tiempo a la planificación de una celebración que a la construcción de la infraestructura necesaria”.
El crecimiento no es un fenómeno fortuito, sino el resultado de decisiones estratégicas y valientes; el estancamiento, en contraste, representa la herencia de quienes optaron por la complacencia y la inacción.
Corolario.
“Crecer exige valentía; estancarse, solo complacencia.”
- Fotografía en portada de Daniel Álvasd a través de Unsplash.