“Civilización y agua son sinónimos;

cuando una se envenena, la otra agoniza.”

— Jacques Cousteau

En Mérida, cada precipitación convierte las vías públicas en canales improvisados, evocando una Venecia tropical desprovista de góndolas y turistas y ante esta situación se genera una demanda ciudadana inmediata: “¡Que se realice la perforación de un pozo para la evacuación del agua!”

La solución propuesta parece sencilla: la excavación de un hoyo en el terreno y la consiguiente desaparición del problema, sin embargo, esta aparente simplicidad oculta una complejidad significativa, ya que el agua superficial se traslada al subsuelo, donde se contamina y representa un riesgo mayor.

El suelo yucateco, compuesto principalmente por piedra caliza, actúa como una esponja que no diferencia entre el agua de lluvia y los residuos urbanos, incluyendo aceites, basura y heces. 

Todos estos elementos, al ingresar al suelo, se dispersan rápidamente y alcanzan profundidades considerables, por lo tanto, los pozos pluviales funcionan como conductos subterráneos que conectan directamente con el acuífero, fuente principal de agua potable para la población, sin ningún proceso de filtración o tratamiento previo.

Durante décadas, se han perforado pozos de profundidades que oscilan entre los cinco y los diez metros, y como resultado, el agua contaminada ha descendido progresivamente, afectando capas más profundas del acuífero. 

En la actualidad, para acceder a agua potable, es necesario realizar perforaciones de hasta 30 metros, y en algunas zonas, incluso esta profundidad resulta insuficiente, lo cual es similar a la práctica de ocultar la basura bajo una alfombra, hasta que su acumulación genere una montaña.

La ironía reside en que, a pesar de la conciencia sobre la problemática, se ha optado por posponer la solución, provocando que el problema se agrave, así que antes de proceder con la perforación de nuevos pozos, es fundamental cuestionar si esta acción no contribuirá a la exacerbación de la escasez de agua potable en el futuro.

El problema subyacente no se encuentra en la lluvia en sí misma, sino en la ausencia de un sistema de drenaje pluvial separado del sistema sanitario y en la insuficiencia de la cobertura de tratamiento de aguas residuales en la ciudad.

La perforación de un pozo para mitigar una inundación es comparable a la administración de un analgésico para disimular una infección: si bien alivia el síntoma, ignora y soslaya una condición subyacente más grave.

El acuífero, único manantial de la Península de Yucatán, ya se encuentra sobrecargado con los residuos generados por generaciones anteriores. La paradoja reside en que, aunque la solución a este problema es evidente y accesible, ya que su implementación requiere un enfoque sistemático y coordinado, en lugar de soluciones populistas, improvisadas y a corto plazo.

PRACTICIDAD.

Un catálogo de medidas técnicas, tan sencillas como olvidadas, para enfrentar la crisis hídrica que combina negligencia oficial con hábitos ciudadanos, incluye entre otras tantas:

  • Separar drenajes. No más matrimonios forzados entre pluvial y sanitario. Nuevas obras con redes independientes y corrección gradual de las colonias.
  • Pretratamiento obligatorio. Ningún pozo sin trampas de sólidos y grasas. Es el equivalente a poner colador antes de servir la sopa.
  • Superficies permeables. Calles y estacionamientos que dejen respirar al suelo: adoquines con juntas abiertas, jardines pluviales en camellones.
  • Áreas verdes urbanas. Cada árbol es una planta de tratamiento gratuita. Frenar la expansión desmedida y recuperar vegetación pública.
  • Cobertura de tratamiento. Ampliar plantas y redes de alcantarillado para sustituir fosas sépticas que filtran veneno al manto.
  • Monitoreo sistemático. Una red pública de puntos de control del agua subterránea, con datos accesibles. Hoy el monitoreo es tímido y fragmentado.
  • Educación ciudadana. Campañas permanentes sobre el impacto de tirar aceite, químicos o basura al drenaje. Bajo costo, alto impacto.

EL LIMBO

Mérida se encuentra en una situación paradójica: asentada sobre uno de los acuíferos más extensos del país, opera bajo la ilusión de una disponibilidad ilimitada de agua. Esta percepción de abundancia ha fomentado una actitud de soberbia, olvidando la fragilidad del acuífero y la imposibilidad de su recuperación mediante tecnologías a escala urbana una vez contaminado en profundidad.

La ironía reside en que la ciudad que se jacta de su abundancia hídrica podría verse obligada a recurrir a la compra de agua embotellada en el futuro.

El subsuelo, de manera silenciosa y paciente, acumula cada error humano como si llevara un registro detallado de agravios, y en dicho registro, tarde o temprano, se inscribirá su propio epitafio.

La implementación de las medidas anteriores es imperativa para asegurar el suministro de agua potable durante las próximas tres décadas. En su ausencia, la ciudad podría descubrir que la aparente abundancia era un mero disfraz, y que el verdadero panorama futuro es la escasez.

Corolario:

“El subsuelo no olvida lo que enterramos.”

  • Fotografía en portada de Inge María a través de Unsplash.