El circo no enseña a leer
“La educación es el punto en el que decidimos
si amamos el mundo lo suficiente
para asumir responsabilidad por él.”
— Hannah Arendt
En diversos foros de discusión, desde establecimientos de café hasta instituciones religiosas, grupos de mensajería electrónica y otros espacios de interacción social, Juan Pueblo ha expresado con notable precisión una observación que merece ser ampliamente difundida: la coincidencia de un año escolar reducido con la celebración de un evento mundial de fútbol.
La anticipación de su realización resulta particularmente significativa en el contexto de la creciente acumulación de interrogantes incómodas relativas a la infraestructura, la transparencia y la gestión, las cuales permanecen sin respuesta.
No se trata de una conspiración, sino de un patrón, y los patrones, al repetirse, dejan de ser meras coincidencias para convertirse en un método.
PRETEXTOS.
El calor como excusa tiene historia, también la tiene el espectáculo como anestesia, no obstante lo que sorprende no es que ocurra, sino la tranquilidad con la que se anuncia, como si recortar semanas de clases fuera un gesto de sensibilidad climática y no una decisión que impacta desproporcionadamente a los que menos tienen con qué compensarla.
El argumento del calor sería más creíble si viniera acompañado de soluciones: aulas con ventilación, horarios adaptados, calendarios escolares que reconozcan el clima sin sacrificar horas de aprendizaje, pero no, viene solo y desnudo, sin propuesta alternativa.
Lo que dice en silencio es más elocuente que lo que declara: para estos niños, una semana menos de escuela no cambia nada importante, y esa convicción tácita es el verdadero escándalo.
Porque no es igual para todos, ya que mientras el hijo del funcionario que firma el decreto tiene piano los martes, inglés los jueves y una biblioteca en casa los 365 días del año, el otro niño —al que esta medida en realidad afecta— tiene la calle, el televisor y, si hay suerte, a alguien que llegue a casa antes de las ocho de la noche.
A ese niño no le dan vacaciones anticipadas, le dan tiempo sin estructura, lo cual es un eufemismo para decir de otra forma: abandono con buena prensa.
Una cita de Hannah Arendt embona con precisión: “la educación es la decisión colectiva de hacernos responsables del mundo que heredarán otros”, pues revela el meollo de este asunto.
Cuando esa responsabilidad se cede al espectáculo, cuando se cambia aula por estadio y maestro por pantalla, no se está ahorrando dinero, se está invirtiendo en desigualdad con rendimiento garantizado.
La inequidad no siempre llega disfrazada de injusticia, a veces llega en bermudas, con bandera en la mano y partido en la pantalla.
No se trata de estar en contra del fútbol, se trata de entender cuándo el fútbol deja de ser deporte y empieza a ser política, de la misma manera cuando el calendario escolar se recorta en temporada mundialista y nadie levanta la voz, entonces es cuando el silencio también es una elección.
Al final la pregunta no es retórica, es simplemente una pregunta sobre complicidad, es sobre si el ruido de las tribunas nos basta para no escuchar lo que no se dice en los comunicados oficiales, así que entonces… ¿nos quedamos viendo el partido?
Las sociedades que deciden prescindir de la exigencia de una educación de alta calidad no lo hacen de manera abrupta mediante un decreto impactante, más bien, lo hacen gradualmente, semana tras semana, excusa tras excusa, y partido tras partido, hasta que, al reflexionar retrospectivamente, no logran recordar el momento preciso en que dejaron de preocuparse por los niños que no pertenecen a su círculo familiar inmediato.
La disminución de la calidad en la educación no solo implica una reducción del potencial futuro, sino que constituye una decisión deliberada sobre quién merece tener acceso a dicho futuro y esta decisión, expresada sin eufemismos ni rodeos, comunica de manera inequívoca el mensaje subyacente.
APUESTAS GANADORAS.
Diversos países han priorizado la educación como política de Estado, obteniendo resultados comprobables. Los tres ejemplos siguientes ilustran lo que es factible con la debida voluntad política.
- Finlandia
Eliminó la repetición de grado, redujo las horas de tarea y apostó por maestros altamente calificados y bien remunerados. Resultado: lidera las pruebas PISA desde hace dos décadas con una de las brechas de desigualdad educativa más bajas del mundo.
- Singapur
Invirtió en formación docente continua y en currículos orientados al pensamiento crítico. En menos de 40 años pasó de país en desarrollo a potencia educativa global, con egresados que compiten en ciencias e ingeniería al más alto nivel.
- Brasil — Bolsa Escola
Condicionó transferencias económicas a familias vulnerables a la asistencia escolar de sus hijos. La medida redujo la deserción, aumentó la matrícula y demostró que la asistencia social y la educación se potencian, no se excluyen.
La lección es clara: invertir en educación no es gasto, es la única apuesta que siempre devuelve más de lo que cuesta y eso, otros —como vemos ya lo saben, por lo que la pregunta que dejamos sobre la mesa es ¿cuándo lo decidiremos nosotros?
Corolario:
“Educación primero, siempre.”
- Fotografía en portada de Yves Alarie a través de Unsplash.