“La planificación sin acción es un sueño;

la acción sin planificación es una pesadilla.”

—Proverbio japonés

Cuando los yucatecos decimos “el puerto”, nos referimos al de Progreso de Castro, el más cercano para disfrutar del mar, la playa y el sol, sin embargo, visitar Progreso se ha vuelto cada vez más caro y presenta retos para las autoridades, como el éxodo estacional y el crecimiento urbano sin una estrategia de desarrollo sostenible.

Las autoridades usan “el puerto” para referirse al muelle y su terminal, no a la localidad.  Entendiendo esto y usando analogías, podemos ver cómo una inversión tan grande puede impulsar el desarrollo en Progreso, en lugar de agravar problemas como la falta de agua, desechos, energía, movilidad, conectividad, vivienda, salud, educación, etc., entre otros.

I. EL ESPEJISMO DE LA GRAN OBRA

Imaginemos la inauguración de un centro comercial: luces deslumbrantes, autoridades sonrientes cortando el listón y un discurso lleno de promesas casi mágicas que, según aseguran, transformarán el barrio de la noche a la mañana.

La comparación no es arbitraria. Cualquier proyecto de infraestructura —un hospital, una carretera, un puerto ampliado, un parque tecnológico— debería planificarse con la misma rigurosidad que aplica una gran tienda ancla: análisis de ubicación, accesos, flujos de personas y servicios complementarios. Todo suena razonable. ¿Pero qué ocurre cuando la comunidad, lejos de aplaudir, recibe la obra con desconfianza?

El problema rara vez es la obra, sino la planeación, comunicación e integración al territorio, pues los estudios para centros comerciales analizan hasta el último semáforo, mientras que los proyectos públicos saltan de la promesa electoral al terreno sin mayor análisis.

Se habla de desarrollo, pero nadie advierte que la nueva obra traerá desde vendedores ambulantes, estacionamiento caótico y congestionamiento vial además de más empleados. No se trata de demonizar estas realidades, sino de anticiparlas y aprovecharlas: una inversión bien pensada no ignora su propia sombra.

II. DOS GRANDES OBSTÁCULOS

Los verdaderos enemigos de cualquier proyecto de infraestructura tienen nombre propio:

  1. Opacidad. La comunidad no entiende cómo la obra afectará su vida cotidiana. Los planos se publican en páginas web de difícil acceso; las audiencias públicas se convocan un martes a las once de la mañana; y cuando alguien pregunta por el impacto en el tráfico o en la escuela del barrio, recibe como respuesta una carpeta llena de tecnicismos y un tranquilizador “ya lo verán”.
  2. Disfraz. Este obstáculo es aún más perverso: la ocultación de los beneficios reales y, sobre todo, de los plazos para que estos aparezcan. “Esto generará miles de empleos” (¿en cuántos años?, ¿de qué tipo?), “mejorará la calidad de vida” (¿aunque haya más ruido y menos áreas verdes?) y “atraerá inversiones” (aunque nadie sepa para cuándo ni a quién benefeciará).

Vivimos en la era del líder que inaugura más que gestiona, que anuncia más que consulta, y que prefiere posar con casco amarillo, chaleco y pala en mano antes que coordinar pacientemente a los actores involucrados: municipios, estados, gobierno federal, ciudadanos organizados y empresarios locales.

Pero él sabe que da más votos la foto de la primera piedra, que el informe de seguimiento a los doce meses y la entrega en el plazo anunciado.

III. INVERTIR SIN DESBARATAR EL VECINDARIO.

Si se quiere que la próxima gran obra deje un legado real y no un monumento a la improvisación, hay tres herramientas indispensables que todo responsable de infraestructura —público o privado— debería aplicar sin excusas.

  1. Realizar estudios de impacto no solo técnicos, sino también sociales. Al igual que un centro comercial requiere análisis de tráfico y flujos de visitantes, la infraestructura urbana y portuaria debe anticipar conflictos futuros: ubicación de vendedores ambulantes, regulación del estacionamiento y opciones de transporte alternativo para evitar el colapso vial, esto es crucial en ampliaciones de dragados y puertos. Una terminal más profunda atrae camiones, almacenes, trabajadores y presión sobre comunidades costeras. Por ello, estas obras deben ampliar la capacidad de carga e incorporar servicios complementarios: vías de acceso para carga pesada, zonas de amortiguamiento ambiental, programas de empleo local, saneamiento e infraestructura pública para mejorar la calidad de vida de los vecinos.
  2. Comunicar una hoja de ruta con fechas concretas. Nada de “beneficios a mediano plazo”. Es perfectamente posible decir: “En 18 meses, el transporte público ajustará sus rutas; en 24, abrirá un centro de capacitación para trabajadores locales; en 30, la plusvalía se reflejará en el catastro”. La claridad no debilita a los gobiernos, los fortalece, porque mata la desconfianza antes de que esta se instale.
  3. Liderazgo real que integre en lugar de imponer. El responsable del proyecto debe rendir cuentas periódicamente, convocar foros ciudadanos genuinos y entender que los vendedores ambulantes y franeleros no son un error del sistema, sino un síntoma que requiere ordenanzas justas y espacios adecuados.

La participación ciudadana no es un trámite decorativo; es el único antídoto eficaz contra la opacidad e invertir millones sin escuchar a quienes vivirán con el resultado, es como construir un centro comercial en la cima de un cerro sin escaleras: impresionante de lejos, pero inútil para quien lo necesita.

Corolario:

“La claridad es la verdadera inversión.”

  • Fotografía en portada de Claudio Schwarz a través de Unsplash.