ANTICIPAR PARA QUE NO OCURRA
“Si conoces al enemigo y te conoces a ti mismo,
no debes temer el resultado de cien batallas.”
— Sun Tzu, El Arte de la Guerra
Cuando la inteligencia y los protocolos de seguridad fallan, no fallan solos: arrastran consigo vidas, reputaciones y la paciencia de una sociedad que ya no acepta disculpas como moneda de cambio.
Existe una diferencia sustancial —casi filosófica— entre gestionar la seguridad y administrar las consecuencias de no haberlo hecho.
La primera es una disciplina rigurosa, metódica y, en ocasiones, ingrata, porque cuando funciona bien, nadie la celebra: simplemente no ocurre nada.
La segunda, en cambio, tiene todos los ingredientes del drama mediático: víctimas, responsables difusos, cámaras encendidas y funcionarios con el semblante compungido de quien descubrió, demasiado tarde, que la prevención habría costado considerablemente menos que el velatorio.
En plazas públicas, estadios y recintos de concentración masiva, la Inteligencia —entendida no como sinónimo de coeficiente intelectual, sino como sistema estructurado de recolección, análisis y actuación sobre información— constituye la primera línea de defensa.
La vigilancia de plataformas de redes sociales, la interconexión de bases de datos de individuos con antecedentes de conducta violenta y el análisis de patrones de afluencia en espacios físicos, constituyen componentes esenciales de una estrategia de inteligencia operativa.
Dicha estrategia tiene como objetivo transformar eventos de baja probabilidad en escenarios imposibles de materializar y eventos de alta probabilidad en situaciones controlables.
El problema —y aquí comienza la ironía fina que merece el asunto— es que la prevención no fotografía bien, pues no genera aplausos inmediatos.
Un operativo de seguridad que culmina sin incidentes pasa inadvertido, mientras que uno que fracasa ocupa portadas durante semanas.
La lógica del espectáculo prioriza la asignación de recursos a manifestaciones visibles, tales como uniformes, vallas, ruedas de prensa y cámaras, en detrimento del trabajo silencioso y analítico que verdaderamente reviste importancia.
PROTOCOLOS: BUROCRACIA QUE SALVA VIDAS.
Plazas públicas, estadios y eventos multitudinarios no son escenarios del azar, son laboratorios donde la prevención con inteligencia decide si la crónica del día siguiente habla de éxito o de tragedia.
Los protocolos de seguridad, aunque vistos como rígidos y burocráticos, son esenciales para la gestión de riesgos. Un protocolo bien diseñado para un evento masivo incluye: evaluación del aforo máximo y logística, filtros y rutas de evacuación operativas, coordinación entre cuerpos de seguridad, equipos médicos adecuados y responsabilidades claras para evitar la inacción en momentos críticos.
Aquí conviene ser enfáticos y señalar, con la delicadeza que el tema merece, que los protocolos solo tienen valor si se supervisan.
Un manual de seguridad que descansa en un cajón es, para efectos prácticos, pura decoración administrativa.
La supervisión activa —auditorías previas, simulacros, revisiones post-operativo autocríticas— transforma un documento en cultura organizacional, que sí funciona cuando las cosas se ponen difíciles.
Las tragedias rara vez son accidentes puros; son cadenas de omisiones: aforo excedido por mirar hacia otro lado, personal sin capacitación por recortes presupuestales, alarmas no escaladas por castigos a los mensajeros. Identificar esa cadena después no es gestión de crisis, sino gestión de culpas, un negocio distinto y menos honorable.
RESPONSABILIDAD NO ADMITE DELEGACIÓN
Hay dos tipos de responsables en materia de seguridad pública: los que previenen y los que explican. Los primeros duermen bien, los segundos salen en conferencia de prensa.
Llegamos, inevitablemente, al núcleo incómodo del asunto: la responsabilidad la cual, en materia de seguridad pública, tiene nombre, apellido y cargo que no es un ente abstracto que se disuelve a en la bruma institucional cuando los periodistas preguntan.
Es claramente una persona —o varias personas coordinadas— que tomaron decisiones, asignaron recursos, supervisaron o dejaron de supervisar, y que deben responder por ello con la misma claridad con la que habrían recibido los créditos si todo hubiera salido bien.
La cultura de la disculpa reactiva —esa costumbre tan extendida de aparecer ante los medios con expresión consternada para ofrecer condolencias y anunciar investigaciones que rara vez concluyen en consecuencias reales— es, en el fondo, el síntoma de un sistema que no ha interiorizado que prevenir es más barato, más digno y más eficaz que lamentar.
Cada conferencia de prensa post-tragedia representa, con su tragicomedia implícita, el fracaso de todo lo que debió hacerse antes.
Las herramientas para la seguridad pública son sofisticadas, con análisis predictivo, geolocalización en tiempo real, comunicación integrada y detección de anomalías.
El problema no es tecnológico ni presupuestario, sino de voluntad institucional, rigor profesional y disposición para priorizar la seguridad pública.
Cuando los responsables tienen esta convicción, los eventos masivos terminan con ovaciones, no con obituarios, y pueden dormir tranquilos sabiendo que hicieron lo correcto.
En seguridad masiva, el verdadero lujo es la planificación previa, no el palco VIP ni el operativo de última hora.
COROLARIO:
“Prevenir es gobernar; lamentar, apenas administrar.”
- Imagen en portada de Milad Fakurian a través de Unsplash.