Palabras que besan y muerden
El arte de decir nada con todo
«La palabra precisa es la diferencia,
entre un relámpago y una luciérnaga.»
— Mark Twain
La política se considera el arte de lo factible y, primordialmente, el arte de la comunicación efectiva. Por lo tanto, en el contexto de una situación donde un relámpago ilumina bruscamente la oscuridad y una luciérnaga emite una luz tenue, el político ha adquirido la habilidad de optar consistentemente por la opción más discreta y manejable.
No por modestia, sino por conveniencia, porque las palabras correctas —esas que no irritan, que no comprometen, que dejan una salida— resultan ser el sedante perfecto para una ciudadanía que, en el fondo, prefiere no ver el rayo.
La disyuntiva es tan antigua como el sofisma: ¿decir lo preciso o lo correcto?
Lo preciso ilumina, pero quema, en tanto lo correcto acaricia y hasta seduce, pero no muestra nada.
De esta manera se genera un entorno de tensión caracterizado por la implementación de estrategias de persuasión, fascinación, captación y, en particular, la impunidad de quienes al ostentar el poder, emplean su propio léxico de manera arbitraria utilizando su propio diccionario de manera discrecional.
CORRECCIÓN COMO CAPOTAZO.
El político seduce con lo correcto, no con lo verdadero. ¿Acaso no es más amable escuchar «reestructuración de personal» que «despido masivo»? ¿No resulta más digestivo «daños colaterales» que «víctimas infantiles»?
La corrección política no es un invento reciente; es la evolución natural del eufemismo, ese primor de la cobardía.
Así, el dirigente envuelve sus decisiones en gasa léxica hablando de «sacrificios necesarios» cuando sube impuestos, de «flexibilidad laboral» cuando precariza derechos, de «diálogo social» cuando ya tiene la mayoría asegurada.
Y en ese tono, la ciudadanía halagada por la suavidad del término aplaude la forma, mientras digiere el fondo.
Pero hay más: la palabra correcta permite evadir responsabilidades con una elegancia pasmosa, «No tuve intención de…», «si las circunstancias lo hubieran permitido…», «en ningún caso fue nuestra voluntad…» todas ellas frases impecables desde la gramática, pero vacías como un discurso sin de resultados o rendición de cuentas, pues son solamente palabras que besan, mientras roban la cartera.
ARMA DE DOBLE FILO
Para un político, la comunicación precisa representa un riesgo considerable, ya que obliga a la transparencia. Por ejemplo, la declaración “Aumentaremos el impuesto al combustible en un 12%” posee la virtud de la claridad, pero conlleva el inconveniente de la impopularidad. De manera similar, la afirmación “Habrá 3,000 despidos en la administración” elimina cualquier ambigüedad, lo cual puede resultar incómodo.
En consecuencia, la precisión se reserva para el adversario. Durante un debate, el político exige datos concretos a su oponente, cuestionando: “¿Podría usted especificar la cifra exacta?”. Mientras tanto, él mismo recurre a generalizaciones para evitar compromisos. La precisión se convierte en un arma arrojadiza, no en un faro propio y cuando un político la utiliza en su contra, se le percibe como imprudente o, en el peor de los casos, excesivamente sincero.
Irónicamente, el ciudadano, cansado de la ambigüedad, frecuentemente demanda claridad, pero posteriormente se muestra reacio a aceptar las consecuencias. Este sistema, por lo tanto, premia al político ambiguo y castiga al preciso, haciendo que el primero obtenga el apoyo electoral, mientras que el segundo aunque logre la coherencia, tendrá como resultado una derrota honorable.
RESOLVER EL SORTILEGIO
No se trata de solicitar a los políticos que se conviertan en matemáticos o en poetas sombríos; se trata de desarrollar la capacidad de discernir entre el lenguaje que seduce y el lenguaje que esclarece.
Consideremos entonces una recomendación práctica: ante cualquier declaración, es conveniente cuestionarse: ¿qué hecho concreto designa esta palabra? Por ejemplo:
- Si «reorganización» no designa un cambio de organigrama con fechas y nombres específicos, se trata de un lenguaje vacío.
- Si «esfuerzo compartido» no especifica la contribución de cada parte involucrada, se trata de una declaración ambigua.
Asimismo, es recomendable desconfiar de los superlativos vacíos, tales como «histórico» y «sin precedentes», y de los verbos sin complemento, como «trabajaremos» y «avanzaremos».
Es imperativo exigir ejemplos concretos, solicitar plazos definidos y, sobre todo, recordar que la persuasión política es efectiva porque nosotros, los oyentes, tendemos a preferir el lenguaje atractivo al lenguaje directo y preciso.
Por lo tanto, debemos actuar como correctores de textos rigurosos: eliminando todo adjetivo que no cumpla una función descriptiva, devolviendo cada sustantivo que no identifique un objeto específico y solicitando el sujeto de cada verbo.
Solo así el relámpago desplazará a la luciérnaga.
Corolario:
“La precisión dignifica la palabra.”
- Fotografía en portada de Kane Reinholdtsen a través de Unsplash.