El arte de confundir saber con entender
“La verdadera sabiduría está
en reconocer la propia ignorancia.”
— Sócrates
Es de sobra conocido que tener conocimiento sin sabiduría, es como poner un cuchillo afilado en manos de un mono con insomnio.
Vivimos en una época que rinde pleitesía al dato duro como si este, por su sola existencia, nos absolviera de pensar, hoy resulta tan fácil como abrir una pestaña en cualquier buscador en la internet y ya sabemos la capital de Bután, la temperatura de fusión de cualquier elemento y los nombres de los siete enanitos en alemán.
Acumulamos conocimiento con la ferocidad de un coleccionista de sellos postales: todo cabe, todo brilla, todo es un falso trofeo de inteligencia y, sin embargo, observemos a nuestro alrededor.
¿Acaso los mayores dislates de la historia reciente los cometió un analfabeto? No, señor. Fueron perpetrados por señores con títulos de posgrado, gráficas de PowerPoint y una fe ciega en sus propios datos, porque el conocimiento es una navaja suiza: muy útil, pero en manos de un imprudente termina cortando lo que no debía.
La sabiduría en cambio es como esa abuelita que sin haber pisado una universidad te resuelve un conflicto familiar en tres frases y, de paso, te recuerda echarle sal al arroz.
Reiteramos que la sabiduría no se mide en créditos académicos ni en publicaciones de libros, ensayos o tratados, es más bien la capacidad de mirar el mapa y luego levantar la vista para no tropezar con la orilla ni tirar los lápices. Es entender que, aunque el libro diga que el papel higiénico se desenrolla por fuera, si tu gato lo prefiere al revés, más vale ceder.
La sabiduría negocia con la realidad; el conocimiento a menudo, intenta doblegarla con un diagrama de flujo.
Lo cómico —y aquí la ironía se afila como un bisturí— es que la sociedad moderna ha instalado un altar al primer concepto mientras trata al segundo como un adorno pintoresco, propio de abuelos en las bancas de la plaza o de esos gurús que huelen a incienso barato.
Basta con echar una mirada a los currículums: decenas de cursos, certificaciones, másteres en algo con un nombre pomposo, de esos que se usan para “apantallar”.
Pero ¿y el sentido común? ¡Ah ese!, ese no cabe en el apartado de habilidades, porque el sentido común no se aprende en un aula, se aprende cuando intentas comprar un vuelo con millas acumuladas y descubres que la letra pequeña te declara la guerra.
El conocimiento te dice que el hielo flota por su densidad, en tanto la sabiduría te recomienda no patinar sobre él, sin antes comprobar si el lago congelado es de verdad, o solo una película superficial de agua con pretensiones.
Para ilustrar lo anterior, tenemos dos ejemplos clásicos, tomados del manual del humor negro:
- El especialista en nutrición que sabe al gramo la cantidad de los carbohidratos que tiene cada lenteja, pero muere de un infarto porque no puede dejar el estrés ni el cigarro.
- El ingeniero que calcula la trayectoria perfecta de un cohete, pero no sabe poner una lavadora porque el manual viene en chino.
Los ingenieros debemos distinguir entre conocimiento técnico y sabiduría práctica ya que saber fórmulas no es entender contextos.
La Ingeniería no es solo calcular cargas, sino prever cómo la gente usará (y abusará) de lo construido y sin esta distinción, seremos hábiles artesanos o simples cortesanos de errores monumentales, resolviendo problemas inexistentes mientras ignoramos los verdaderos.
El conocimiento acumula hechos; la sabiduría los tamiza con la experiencia, la humildad y la conciencia de que la vida es más compleja que un examen.
El conocimiento sin sabiduría crea déspotas ilustrados y “tuits” furibundos con datos ciertos, pero conclusiones absurdas, como ese académico que escribe sobre pobreza sin haber usado el transporte público; sabe mucho, pero entiende poco de la vida, como dice el refrán: “no es más sabio el que más sabe, sino el que sabe lo que más le conviene”.
Entonces, ¿qué hacemos con este diagnóstico? ¿Quemamos las bibliotecas y nos hacemos pastores de cabras? Tampoco, no nos precipitemos.
El conocimiento es esencial para vacunas, poemas y puentes seguros, pero la sabiduría decide qué vacuna priorizar, qué poema recitar en un funeral y cuándo no construir un puente.
La sabiduría filtra, pausa y pregunta antes de actuar, el conocimiento dice “así se hace”, mientras que la sabiduría pregunta “¿seguro que conviene?”.
A todos, desde doctores en física cuántica hasta marchantes, sugiero un ejercicio: cuando alguien presuma un dato, pregunten ¿para qué sirve saberlo ahora?, en lugar de ¿cómo lo sabe?
La sabiduría llega en silencio, a menudo con una sonrisa de lástima hacia el sabiondo que se equivoca o presume con datos.
Vivimos en un mundo saturado de noticias, donde el conocimiento es la moneda de cambio, pero la sabiduría es el contrabando más valioso.
Acumular conocimiento sin sabiduría, es como llenar un garaje de herramientas sin saber cuál usar para un trabajo y he aquí la ironía: solo los humanos podemos saber mucho y comportarnos como divinos.
Corolario:
“El sabio tiene dudas; el necio, certezas.”
- Fotografía en portada de Priscilla Du Preez a través de Unsplash.