El sastre del presupuesto
“Detrás de cada gran fortuna sin causa aparente,
hay un crimen olvidado, porque se hizo limpiamente”.
— Honoré de Balzac
Una coreografía precisa, invisible en boletines y fotos, ocurre en restaurantes de lujo, despachos con aire acondicionado y reuniones sin cámaras, ahí lejos del ruido democrático y cerca del presupuesto, se decide qué se construye, cómo se factura y a qué precio se hipoteca el futuro.
Bienvenidos al centro de distribución de la infraestructura pública, donde la necesidad ciudadana se convierte en botín, y el “lobbying” es la herramienta de adjudicación más infalible. Para entender esta realidad paralela, diseccionemos sus cinco pilares.
I. DICCIONARIO DE LA SIMULACIÓN
Comencemos por la semántica, pues en este ecosistema, el lenguaje es el primer cómplice. Mientras en sociedades con instituciones robustas el cabildeo se regula con registros públicos y lupas fiscales, por estas latitudes se ejerce con la distinción del que no necesita esconderse porque ha perfeccionado el arte del disfraz y la capa de impunidad.
Aquí no se pronuncia la expresión “tráfico de influencias” —es demasiado vulgar, casi de nota roja—, se prefiere hablar de “gestión estratégica de intereses”. El “amiguismo” de toda la vida se etiqueta como una “búsqueda de propuestas solventes y convenientes”; y aquel “contrato amañado” que todos adivinan, se presenta ante la prensa como un conjunto de “cláusulas técnicas adaptadas a la vanguardia del sector”.
El “lobbying” ese anglicismo que evoca modernidad y transparencia, funge aquí como un caballo de Troya de diseño, introduciendo el hambre ciudadana en la despensa pública con tal delicadeza que, a veces, los propios perpetradores se convencen de que están prestando un servicio a la patria.
II. SASTRERÍA PERSONALIZADA.
El primer movimiento de esta danza es el diseño de la licitación “a medida”. No se trata de errores básicos como escribir mal el nombre del beneficiario; eso sería una falta de modales burocráticos. La verdadera maestría está en redactar requisitos que, pareciendo objetivos, solo permiten el paso de una entidad: la elegida o la que participa colaborativa y generosamente en el hoy elegantemente denominado: “retorno”.
Hipotéticamente se solicita experiencia previa en pavimentar pistas de aterrizaje en gravedad cero, como la que el consorcio seleccionado demostró en una isla remota, haciendo de cada requisito, una pieza del rompecabezas que solo una figura puede completar.
La convocatoria se publica, el reloj avanza, los competidores honestos desisten, y la única oferta presentada resulta ser: la ganadora. Todo es legal, impecable: una farsa.
III. LEGALIDAD Y ESTÉTICA DEL PODER.
El segundo acto explora la confusión legal. Las leyes, que deberían proteger el interés común, se vuelven un biombo para la simulación cuando quienes las aplican dependen de sus redactores.
No se necesita quebrantar la ley si se interpreta a conveniencia, ni sobornar a un juez si se nombra a uno con afinidades. La captura del Estado es una colonización silenciosa y reglamentada, los organismos reguladores se llenan de antiguos directivos de las constructoras que deberían vigilar, creando “puertas giratorias” donde el vigilante y el vigilado comparten sastre y mecenas.
Las reformas se estructuran con artículos transitorios que son cheques al portador para los financiadores de la última campaña, y todo se anuncia con lemas de “eficiencia” y “competitividad”, usando el lenguaje del progreso para disfrazar el despojo.
IV. BANQUETE DE LOS INFLUYENTES.
Adjudicada la obra, comienza el festival de los excedentes. Los sobrecostos, pactados desde el principio, se presentan como “errores de cálculo”, “ajustes por conceptos fuera de catálogo o inflación” o por “hallazgos geológicos o arqueológicos”.
La infraestructura avanza lento, pero la deuda pública crece rápido. Los beneficiarios cambian de domicilio y jurisdicción fiscal, y cuando los ciudadanos preguntan por el retraso, reciben informes técnicos llenos de palabrería que no entienden.
V. GEOMETRÍA DEL DESPOJO.
Este sistema es inquietante por su precisión matemática. No hay caos, solo una metodología exquisita. Cada pieza encaja: la ley con su excepción, el técnico con su factura, el político corrupto con el empresario coludido, y finalmente, el presente con la deuda que heredarán nuestros hijos.
La carencia pública —hospitales abandonados, o carreteras que se deshacen con la lluvia— alimenta esta maquinaria. Se aprovecha de la urgencia social para firmar contratos a la rápida, alegando el bienestar general, protegiendo privilegios y sesgos.
DEVELANDO LA MAGIA.
Para desactivar esta geometría, la luz debe ser el principal desinfectante e incluir:
a. Trasparencia Radical: Grabar, transcribir y subir a una plataforma de acceso libre todas las reuniones entre responsables públicos y entes privados. Sacar el lobbying del restaurante y meterlo al registro.
b. Candados a la Puerta Giratoria: Establecer periodos de espera o suspensión estrictos (mínimo cinco años) para que un regulador pase a la empresa regulada, y viceversa.
c. Pliegos Colegiados: Redactar las bases de licitación en mesas técnicas con instituciones y observatorios ciudadanos, para que sean verdaderamente independientes.
d. Responsabilidad Patrimonial Directa: Hacer que la firma de un contrato lesivo sea un acto de responsabilidad, donde el funcionario arriesgue su patrimonio por negligencia o dolo, y no un simple trámite burocrático.
La influencia construye monumentos a la codicia con el esfuerzo ajeno y el dinero público. Desnudar estos planos invisibles, es la única forma de que la obra pública deje de ser un botín y vuelva a ser un derecho.
Corolario:
“Que la luz sea tan intensa que ningún acuerdo quede en lo obscurito”.
- Fotografía en portada de JC Gellidon a través de Unsplash.