“Nada hay en este mundo que sea
más peligroso que la sinceridad equívoca”
— Oscar Wilde
Hay una escena que se repite con la precisión de un reloj descompuesto: un funcionario de traje impecable, un atril con el escudo nacional, una maqueta reluciente bajo un reflector y una frase que retumba en los noticieros como un estribillo aprendido de memoria: “La inversión más grande en la historia del país”
El público aplaude con esa mezcla de esperanza y costumbre, las cámaras enfocan rostros que parecen recién salidos de un casting de ilusión.
Luego, silencio. Pasa un año, pasan dos, y en el lugar prometido solo crecen los hierbajos acumulados entre los fragmentos de alguna construcción arruinada, que respiran esa forma tan particular de desencanto al que en nuestras latitudes llamamos: realismo.
¿Por qué se anuncia lo que no se puede cumplir? La respuesta es incómoda, pero necesaria: porque el anuncio en sí mismo ya es la obra.
La infraestructura real requiere años de estudios de diversa índole, miles de toneladas de hormigón armado, licitaciones transparentes y hasta presupuestos multianuales.
El espejismo en cambio se produce en minutos, cuesta una fracción ínfima, y genera una rentabilidad política inmediata.
Es la política del fogonazo, la de deslumbrar para que nadie mire hacia los lados, mientras la realidad del país sigue esperando.
ESTRATOS.
Electoral. El más obvio y letal. Los ciclos políticos son cortos, mientras que la ingeniería es lenta. Anunciar una carretera de una década de construcción, permite inaugurarla en el discurso, y mejor hacerlo antes de las urnas. El político obtiene el titular, el siguiente gobierno hereda el problema, los sobrecostos y las explicaciones: es la “estrategia del relevo”.
Presupuestario. Un anuncio no cuesta, una licitación sí. Se promete un tren bala, un puerto, un hospital, sin saber dónde saldrán los recursos. Se confía en que el futuro resolverá el financiamiento, mientras la deuda pública crece. Nadie quiere ser el aguafiestas que diga que el rey está en cueros, porque eso no da votos y les causa prurito.
Mediático. La más sofisticada. Los grandes proyectos requieren grandes campañas. No se vende una obra, se vende una emoción: progreso, modernidad, orgullo nacional, el futuro que merecemos. Los renders muestran ciudades de ciencia ficción con cielos despejados y ciudadanos sonrientes que jamás existirán. La realidad llegará después, con los escombros de la promesa y un funcionario buscando responsable en el espejo.
Jurídico. Muchos anuncios se blindan con “interés público” o “urgencia nacional”, eximiéndolos de procedimientos. Es el más perverso.
Las excepciones se vuelven la regla, y la regla, letra muerta, la cual, dentro del marco legal diseñado para proteger el interés colectivo, se convierte en un decorado inútil.
VERBOS Y HECHOS.
La ciudadanía aprende, aunque le duela. Al principio se ilusiona, luego desconfía y se vuelve cínica, lo que petrifica la participación social y vuelve estéril la movilización ciudadana.
¿Para qué exigir si todo es un show? ¿Para qué organizarse si los planes son fantasmas? ¿Para qué votar si todos los magos usan el mismo sombrero? La frustración se instala como una plaga silenciosa, socavando los cimientos.
Cuando llega una obra necesaria, real y bien planeada, la gente ya no cree. El lobo fue anunciado demasiadas veces, el escepticismo se vuelve coraza, es un muro infranqueable entre la sociedad y sus instituciones, finalmente el daño está hecho, la verdad llegó tarde, cuando la mentira ya había ocupado su lugar.
HERIDAS COLATERALES.
El dinero público se desperdicia en estudios inútiles, indemnizaciones por proyectos cancelados, campañas publicitarias y funcionarios que cobran por gestionar lo imposible. Cada promesa incumplida es un impuesto sin recibo, como una maqueta abandonada en un almacén oficial, prácticamente es un monumento a la estafa consentida.
Las necesidades reales persisten: el hospital colapsado, el transporte público caótico, los niños cruzando ríos crecidos para ir a la escuela. La promesa engaña y paraliza, posponiendo soluciones menores que podrían mejorar la vida de la gente hoy, mientras lo perfecto y prometido es enemigo de lo posible abandonado en la brecha donde se cuecen los fracasos.
VOLVER A LO TANGIBLE.
Romper el ciclo de proyectos públicos fallidos requiere cambios culturales y legales, establezcamos una “Regla de mínimos”: ningún proyecto público se anunciará sin presentar tres documentos esenciales,
1. Estudio de factibilidad técnica independiente, con responsables identificables, que incluya memorias de cálculos, firmas y avales de colegios profesionales autónomos independientes.
2. Hoja de ruta financiera con fuentes concretas de recursos, especificando el impacto en la deuda pública, el déficit y las cargas a las generaciones futuras.
3. Cronograma vinculante con penalizaciones por incumplimiento, asegurando que las promesas políticas tengan consecuencias económicas, administrativas y jurídicas.
La Ley sola no basta, necesitamos una ciudadanía activa, eduquémonos para distinguir entre políticos e ilusionistas, preguntemos: ¿Dónde están los estudios? ¿Quién paga? ¿Qué garantías hay? ¿Qué pasa si no cumplen?
El espejismo promete sin esfuerzo, pero la realidad exige y entrega.
Saber elegir entre ambas, define la calidad de nuestra infraestructura, democracia y vida en común.
Corolario:
“Exijamos proyectos ejecutivos, no solo reflectores”
- Fotografía en portada de Pascal Meier a través de Unsplash.