“Nada en la política me parece tan sorprendente y escandaloso,

como la ausencia casi total de la preocupación por la verdad de los hechos”

— Hannah Arendt, filósofa política.

La infraestructura constituye el pilar fundamental de una nación, determinando su capacidad para el crecimiento, la competitividad y el bienestar social. Sin embargo, en el ámbito del discurso público, este concepto técnico y de largo plazo frecuentemente se ve eclipsado por la dinámica de la política del espectáculo.

Recientemente se anunció una “histórica” inversión en infraestructura que promete un bienestar sin precedentes.  Debemos abordar este anuncio con seriedad y respeto por la inteligencia de la ciudadanía, por ello recordemos algunas premisas fundamentales antes de celebrar estos anuncios, algunos de los cuales ya se presentan con excesivo optimismo.

En primer lugar, debemos reconocer la paradoja contemporánea que enfrentamos: la urgente demanda social por obras tangibles y la necesidad crítica de una planificación meticulosa.

La premisa central es clara: un proyecto solo trasciende la demagogia cuando se fundamenta en estudios técnicos sólidos, un financiamiento transparente y una certeza jurídica inquebrantable, e ignorar estos pilares, no representa audacia, sino un fraude de considerables proporciones.

MENÚ A TRES TIEMPOS

La planificación es la base de un proyecto exitoso.  Aquí presentamos a manera de una elegante carta, una guía de tres pasos para una velada perfecta: 

I. Estudios técnicos. No son trámites, sino análisis de factibilidad ingenieril, impacto ambiental social real y costos-beneficios sin optimismo político. Un puente requiere cálculos, no ocurrencias, y la sustentabilidad debe ser medible, no decorativa. 

II. Claridad del financiamiento. ¿De dónde sale el dinero? No de la confianza o la eficiencia mágica. Identifiquemos fuentes concretas: presupuesto público comprometido, inversión privada con esquemas transparentes, donde la sostenibilidad fiscal es innegociable y justa. Anunciar una obra faraónica sin explicar su impacto en la deuda pública, es populismo financiero. 

III. Certeza jurídica. La más frágil ante la retórica. Definir el marco legal estable y transparente para contratos, adquisiciones y licitaciones. Es el oxígeno de los inversionistas, sin él, solo encontraremos aventureros o pago de favores políticos. La estabilidad regulatoria debe trascender el ciclo electoral. Una ley no es un obstáculo, es la garantía de que la obra no será un botín.

El discurso populista ofrece soluciones rápidas y fáciles, prometiendo inauguraciones inmediatas y culpando a la élite o los trámites por los retrasos, lo hace glorificando la improvisación y el “bienestar inmediato”, prometiendo que una obra, un tren o un puerto, resolverán la pobreza y la prosperidad al instante.

De la misma manera que menosprecia las evaluaciones ambientales, las consultas sociales y los estudios de suelo por una “urgencia superior”, pintando los procedimientos, que protegen al interés público, como un lujo o estigma.

CUANDO EL ESPEJISMO SE DESVANECE

El costo de este hechizo es tangible y brutal: despilfarro institucionalizado, “elefantes blancos” como aeropuertos vacíos, hospitales sin equipos y trenes sin pasaje ni carga.  Estos monumentos a la vanidad política fomentan la corrupción en la opacidad de los atajos, y los sobreprecios se normalizan.

El daño social y ambiental puede ser irreversible: comunidades desplazadas y ecosistemas destruidos por estudios de impacto amañados. La crisis fiscal acecha, con proyectos sin financiamiento real que estrangulan los presupuestos nacionales por décadas, hipotecando el futuro.

Finalmente, se erosiona la confianza. Los inversionistas huyen de la arbitrariedad, y la ciudadanía, ante el ciclo de promesa y fracaso, cae en el cinismo, vaciando la política de sentido.

BLINDAJE CONTRA EL DISCURSO VACÍO.

La alternativa no es la inacción, sino la acción inteligente. Hay que rebatir el mito de que el rigor es lentitud, al contrario, es la única vía rápida hacia resultados duraderos.

Se propone, en concreto, fortalecer órganos técnicos autónomos (como los bancos de infraestructura), aislados de la coyuntura política, que evalúen y prioricen proyectos con varas técnicas. Implementar licitaciones públicas de libro de texto, con veeduría ciudadana y criterios transparentes.

Es crucial crear fondos nacionales de infraestructura con fuentes de financiamiento preasignadas y blindadas, y sobre todo, educar como exigencia cívica.

Que el ciudadano pregunte no solo “¿qué prometen?”, sino “¿cuáles son los estudios?, ¿de dónde sale el dinero?, ¿qué firmas garantizan los contratos?”.

El contraste es educativo: comparemos el éxito de países con marcos robustos (Canadá, Alemania en transporte ferroviario) con los fracasos estruendosos de aeropuertos fantasma o sistemas de transporte eléctricos abandonados en otras latitudes.

MÁS ALLÁ DEL RIBETE

La infraestructura no es un adorno, sino una herramienta de transformación que carga el peso del futuro. La verdadera efectividad edifica naciones y nace del rigor, la transparencia y el apego a la ley.

Exijamos la elocuencia de los hechos, no la grandilocuencia de las palabras.  Un pacto social debe valorar el plan serio sobre el anuncio espectacular para que la infraestructura deje de ser retórica y se convierta en legado.

Ningún proyecto público debe anunciarse sin publicar simultáneamente su expediente de viabilidad técnica, hoja de ruta financiera certificada y marco de certeza jurídica. La promesa sin soporte es demagogia.

COROLARIO:

“La obra que nace del rigor, es el único populismo admisible: el de los resultados”

  • Fotografía en portada de Paul Wetzel a través de Unsplash.