Estética del despilfarro
“En este mundo traidor, nada es verdad ni es mentira,
todo es según el color del cristal con que se mira”
—Pedro Calderón de la Barca.
Siempre hemos sido seducidos por el brillo de lo nuevo, por la promesa grandilocuente de que una gran obra –un puente, un tren, una represa, un puerto– nos catapultará, ipso facto, al club de los países serios.
Es el encanto de lo posible, ese primo lejano y optimista de lo probable, que suele ir de la mano con presupuestos inflados y discursos épicos, mientras lo incierto, por supuesto, llega después, cuando la pintura se descascara y uno mismo descubre que el tren futurista no tiene pasajeros, o que la autopista lleva, majestuosamente, a un descampado.
Ahí es donde la fina ironía de la realidad le da una bofetada a la soberbia de los planos, porque no es lo mismo lo disruptivo útil, que lo disruptivamente inútil. La diferencia apreciados lectores, es tan abismal como la que hay entre un telescopio y un caleidoscopio: ambos son tubos con cristales, pero uno te muestra las estrellas y el otro, solo patrones bonitos y distractores.
CUANDO EL GENIO SALE DE LA LÁMPARA.
En ese entendido hablaremos de obras que sí pasaron la prueba del algodón, esa misma que se usa para verificar la verdad, la autenticidad o la limpieza de algo y de su uso.
Son las infraestructuras que, tras el caótico parto de su construcción, se levantan, se sacuden el polvo y dicen: “muy bien, a trabajar”, son como ese tío eficaz que, en medio de un caos familiar, arregla el fregadero y hace café para todos. Son aquellas que funcionan, se llenan, conectan, generan riqueza, ahorran tiempo, y hasta nos hacen sentir un nivel más arriba en el orgullo cívico.
Pensemos en ciertos kilómetos, puertos o redes eléctricas que, aunque hoy nos parezcan de la época de la máquina de vapor, en su día fueron una revelación. Aquellos cuya disrupción fuera silenciosa pero profunda, los mismos que probaron su utilidad no con discursos, sino con décadas de servicio fiable. Los que su rentabilidad no se mide solo en monedas sonantes, sino en horas de vida, no perdidas en atascos, en el comercio facilitado o en ciudades que respiran un poco mejor.
Son la materialización de lo posible que se convirtió en probable, y luego en indiscutible, aquellas en la que su elegancia está en su cotidianidad, en haberse vuelto tan necesarias que ya ni las vemos. El mayor halago para una obra disruptiva es volverse invisible por lo obvia.
CUANDO LA LÁMPARA ERA UN FLORERO.
Aquí brilla –o más bien hace un cortocircuito– el esperpento que representa esta otra categoría: la de los proyectos que nacieron bajo el signo de la “obra faraónica” y murieron –o agonizan– bajo la etiqueta de “elefante blanco”.
Se revela entonces “que lo posible” era una quimera vestida de PowerPoint (si es que lo hubo), y “lo probable”, un enorme hoyo fiscal de mantenimiento costosísimo, en lo que lo único cierto, es la incertidumbre permanente sobre qué demonios hacer con ese mamotreto.
Hablamos de aeropuertos donde anidan más gaviotas que aviones, de trenes bala que conectan dos pueblos dormitorio, de palacios de congresos y museos en medio de ninguna parte que solo albergan telarañas y el eco de los sobrecostos, teniendo como común denominador todos ellos, que su disrupción fue solo un ruido ensordecedor en el momento de la inauguración, seguido de un silencio atronador y caro.
Son la prueba viviente —y además muerta de risa, sino fuera de pena– de que confundir movimiento con avance, es un deporte nacional en algunos lares, con una utilidad tan etérea como el humo, y su rentabilidad, se representa con un número negativo tan grande, que requiere notación científica para escribirse (-x n)
Todas ellas exhiben, con una ironía que supera la de este texto, elevando el despilfarro a una potencia mayor y convirtiéndola en una tragicomedia hecha hormigón, acero, discursos fatuos y profundamente huecos.
Para navegar el pantano de lo posible, propongo “La Prueba del Café de la Esquina” la cual consiste en que antes de cualquier obra monumental, los promotores deben explicarla en dos minutos, y con palabras llanas al dueño de un café.
Si el barista, tras escucharla, se pregunta si le servirá a su clientela, precisará sin rodeos ni matices, que la respuesta sea clara y convincente, de lo contrario, el proyecto merece ser solo un dibujo en una servilleta. Simple.
Priorizar lo útil sobre lo ultrajoso, lo mantenible sobre lo monumental, y la conexión real sobre el impacto mediático, es la única forma de que lo posible no se convierta probablemente en una catástrofe, y de que lo incierto no sea, simplemente cuándo se derrumbará el disparate.
Corolario.
“Lo útil es eterno, lo faraónico efímero”
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Fotografía en portada por Kavya Lakshmi a través de Unsplash.