Vivimos tiempos curiosos, en donde se ha perfeccionado el arte de dejar de nombrar las cosas para no incomodar, prácticamente hemos construido un consenso lejos de ideas compartidas, sino más bien sobre silencios pactados y aunque la comunicación abunda, el respeto no se mide por la sensibilidad del oyente, sino por “ser políticamente correcto” ante la realidad.