El presupuesto no es un amigo con chequera

“Los presupuestos se hicieron para ser equilibrados,

no para ser amigos de todos”

—Principio contable.

La gestión presupuestaria anual, en cualquier ámbito, suele presentarse como un enigmático y arcano matemático que ha reservado sus conocimientos para revelar a reducido clan de tecnócratas, o a los muy “avanzados genios” del manejo y malabares del dinero.

En la práctica, sin embargo, se parece más a la dieta que todos sabemos deberíamos seguir: simple en teoría, heroicamente difícil en la ejecución, y constantemente saboteada por los antojos del corto plazo.

El desafío no reside en complejas ecuaciones, sino en vencer la pereza intelectual y la tentación política que perpetúan la ficción de que los recursos son infinitos, siendo que la planificación basada en el optimismo ilimitado, es el primer vicio a erradicar.

En el sector público, este vicio se manifiesta en la persistente desconexión entre las promesas electorales —concebidas con el propósito de obtener votos—, y la realidad de las cuentas oficiales, las cuales imponen la obligación de saldar deudas y “compromisos”.

La distancia entre los compromisos asumidos y la realidad operativa crea un conflicto de intereses que puede forzar a la entidad a privilegiar a ciertos grupos por encima de la ciudadanía, en consecuencia, esos grupos terminan influyendo de manera desproporcionada en las decisiones, el rumbo y hasta en el manejo del gobierno.

En este punto es donde la realidad nos despierta a cachetadas, pues al resucitar del letargo, sueño o sedación, tomamos conciencia de que la inversión en “legados” de hormigón, respaldados por estudios de viabilidad diseñados a medida, que desestimaron datos fundamentales de retorno social cual consejos molestos, conlleva inevitablemente a lamentos, disfraces y la atribución de responsabilidades “a toro pasado”.

DEPENDIENTES.

Otra grave patología es la dependencia estructural que se tiene por “la adicción al dinero ajeno”, en donde gobiernos locales y empresas comparten un vicio: depender de recursos externos.

Los primeros se acostumbran a las transferencias federales como un adolescente a la mesada (gastada), las segundas viven de créditos baratos o rondas de inversión, convencidos de que el pozo nunca se secará, pero cuando las tasas suben, la resaca es brutal.

No se construye un futuro sólido sobre préstamos y súplicas, esa riqueza es pura figuración, el espejismo siempre desaparece en el desierto y cuando las transferencias se constituyen en el ingreso principal, estaremos recorriendo el camino seguro hacia la mendicidad perpetua.

Cuando las condiciones financieras se endurecen, el espejismo se desvanece y se revela la fragilidad de un modelo que confunde préstamos con ingresos.  En este punto crítico, cobra relevancia el perfil de quienes deciden lo importante, lo urgente y lo necesario.

Dejar en manos de un abogado las decisiones de infraestructura, de un ingeniero las de salud, o de un veterinario las de desarrollo urbano, es dejar en manos de alguien que no tiene la experiencia ni la formación adecuada para tomar esas decisiones, no se trata de confianza, sino de pertinencia en la toma de decisiones propias de la responsabilidad.

TRANSICIÓN.

La transición hacia una gestión efectiva no es mágica, es metodológica, exigiendo un cambio de protocolo, por lo que refiero tres pilares estratégicos libres de poses y matices, semejante a una elemental guía, para dejar de gobernar o gestionar como un adolescente con la tarjeta de crédito de papá.

  1. Justificar el presupuesto del próximo año solo con el del año anterior, con un ajuste inflacionario, es irresponsable, enterremos esta mala usanza. Cada partida debe evaluarse desde cero, demostrando su valor actual y su contribución a los objetivos estratégicos. Esto diferencia la pregunta “¿cuánto más necesitamos?” de “¿por qué necesitamos esto?”.
  2. Las decisiones de asignación de recursos deben basarse en métricas, no en anécdotas o corazonadas. Por ejemplo, una municipalidad debe reparar calles según índices de deterioro y tráfico, no según quien grite más fuerte.  Si un gasto no demuestra su utilidad, es despilfarro.
  3. Un gobierno prudente ahorra en épocas de bonanza para mantener la inversión social y en infraestructura durante las recesiones, evitando recortes severos. A pesar de esto, seguimos premiando el “gasto sin consecuencias” y castigando al que dice la verdad.

La solvencia financiera constituye un principio fundamental que requiere una construcción meticulosa y una gestión rigurosa.  No se trata de una ideología, sino de un oficio, una disciplina que implica la capacidad de discernir entre lo popularmente irrelevante y lo estratégicamente vital, priorizando este último.

Lo curioso es que todo esto lo sabemos, lo hemos leído en manuales, escuchado en seminarios y repetido en discursos, pero preferimos la comodidad de escuchar el “ya lo haremos el próximo año” o el “si falta, pedimos más”, y es el cuento.

Gestionar un presupuesto con eficacia es un acto de humildad y valentía: aceptar que los recursos son limitados y priorizar lo importante sobre lo urgente o lo populista.

Quienes perciban su presupuesto como un simple instrumento de propaganda, inevitablemente se encontrarán gobernando o dirigiendo las consecuencias de las ruinas financieras, que su propia ficción económica contribuyó a generar.

Corolario.

“Gestión responsable del presupuesto garantiza el éxito”

  • Fotografía en portada de ]Jakub Zerdzicki a través de Unsplash.