“Planear es traer el futuro al presente,

para poder hacer algo al respecto ahora.”

— Alan Lakein

Yucatán vive días de sala de abordar pues las cifras anuncian salidas puntuales: el INEGI reportó un crecimiento anual de 4.2 por ciento en el segundo trimestre, sexto lugar nacional, mientras Quintana Roo y Campeche retrocedían.

Ante el Consejo Coordinador Empresarial, se presentó una cartera privada superior a 111 mil millones de pesos y más de 55 mil empleos. Hay puerto de altura en obra, polos industriales, aspiraciones de semiconductores y un turismo que ya no se conforma con la playa.

Celebrémoslo, que no abundan las buenas noticias. Pero a un ingeniero, cuando le hablan de un avión nuevo, no le preguntan si es bonito: le preguntan si la pista lo aguanta. Y la pista, en este caso, no es de concreto. Es agua, energía, talento, logística, ciudad e instituciones. Ahí se decide si Yucatán despega o solo carretea, como lo hacen los aviones en tierra, solo que con entusiasmo.

LO QUE EL PROMEDIO NO CUENTA

El 4.2 por ciento es un promedio, y los promedios tienen la elegancia de ocultar a quien se queda atrás. En el mismo trimestre, la industria y la construcción crecieron 7.8 por ciento; el comercio y los servicios, 3.2; el campo cayó 0.8.

Es un crecimiento a dos velocidades: vigoroso donde hay grúas, pero anémico donde hay milpa, y el interior del estado, que guarda buena parte de nuestra identidad, mira el despegue desde la cerca.

Más revelador es otro dato: la informalidad laboral ronda el 58 por ciento, según la CANACO-Mérida, lo que significa que más de la mitad de quienes trabajan, lo hacen sin seguridad social, sin crédito y con ingresos frágiles.

Un estado puede crecer así, pero crece hacia arriba y no hacia los lados; sube la estadística mientras la mesa de muchas familias sigue igual, por eso referimos que crecer, no es lo mismo que despegar.

La energía ofrece una lección parecida. La CFE puso en operación 518 megawatts en mayo y prevé otros 1,020 antes de que termine el año; las interrupciones bajaron 17 por ciento respecto de 2024, muy bien, pero quien ha vivido un apagón de mayo, sabe que la falla rara vez está en la central: está en el transformador de la esquina, en el circuito saturado, en la última milla. Generar es condición necesaria; distribuir es la que decide.

Y debajo de todo, literalmente, está el agua. Todo lo que se construye en Yucatán se asienta sobre un acuífero único, sin ríos superficiales que lo releven, en una roca caliza que deja pasar casi todo. Cada parque industrial, cada fraccionamiento y cada granja se apoya en el mismo vaso. No hay plan de desarrollo que resista un acuífero enfermo.

SEIS CIMIENTOS PARA EL DESPEGUE

Si la aspiración es ser un destino de bienestar y no solo de inversión, la agenda debería ordenarse por cimientos y no por inauguraciones. Propongo seis:

I. El agua como infraestructura principal. Saneamiento metropolitano, monitoreo público del acuífero y ordenamiento territorial con criterio hidrogeológico. Ninguna inversión es rentable si contamina lo que bebemos.

II. Energía con última milla. Subestaciones, redes de distribución y mantenimiento con el mismo empeño que las centrales, más generación solar distribuida en techos industriales y comerciales, que en esta tierra de sol a plomo es casi una obviedad pendiente.

III. Talento y formalidad. Universidades, tecnológicos y educación dual alineados con la demanda real del puerto, la industria y los servicios; y una formalización que se gane con simplificación y crédito, no con persecución. El mejor programa social sigue siendo un empleo formal.

IV. Logística integrada. El puerto de altura, el tren de carga, las carreteras y la aduana deben pensarse como un solo sistema, con tiempos y tarifas competitivos. Un muelle profundo sin patios, sin vías y sin trámites ágiles es una obra admirable que nadie usa. Un puerto sin conexiones es una bahía cara.

V. Ciudad compacta. Los planes de vivienda anunciados equivalen a levantar una ciudad entera. Si se construyen dentro de la mancha urbana, con transporte, servicios y empleo cercano, serán patrimonio; si se dispersan en la periferia, serán dormitorios lejanos que la próxima administración tendrá que conectar a precio de oro.

VI. Instituciones que trasciendan el sexenio. Establecer un consejo de planeación de largo plazo con academia, colegios profesionales, cámaras y sociedad organizada; datos abiertos para medir avances; y la seguridad, nuestro activo más envidiado, cuidada como lo que es: una ventaja que no se hereda, se mantiene.

Nada de esto es glamoroso. No hay listón que cortar en un acuífero sano ni foto memorable en un transformador que no falla, pero así se construyen los lugares donde la gente quiere vivir y no solo invertir.

El bienestar se mide en Tekax tanto como en el norte de Mérida, y un despegue que deja pasajeros en tierra es, en rigor, un vuelo privado.

Yucatán tiene viento a favor y combustible suficiente. Lo que falta es terminar la pista con la paciencia de quien sabe que el concreto mal curado se agrieta con el primer aterrizaje.

La prisa vende; la buena ingeniería sostiene.

COROLARIO:

“Primero cimientos, luego despegue.”

  • Fotografía en portada de Cal Gao a través de Unsplash.