Abrazos de temporada baja
“Los hombres cierran sus puertas al sol que se pone”
William Shakespeare.
Hay un fenómeno que la ciencia política aún no clasifica, pero que cualquier ciudadano con mediana memoria reconoce al primer saludo: el político caduco que, tras años de desdén, descubre de pronto las virtudes de la amistad.
Ayer no contestaba llamadas; hoy envía felicitaciones de cumpleaños con emoticones, el mismo que no tenía agenda para el ingeniero, el urbanista o el académico que le advertían de errores costosos y hoy tiene todo el tiempo del mundo para un café “sin compromiso”, a quien le aplica una metamorfosis que hasta sería conmovedora si no fuera tan previsible.
LA AMNESIA DEL APOGEO
En su momento de esplendor, el personaje no gobernaba: se gobernaba a sí mismo con recursos ajenos.
Mientras se encontraba rodeado de aduladores profesionales, confundió la lealtad con la obediencia y la capacidad con la incomodidad.
A los mejor calificados los recibía, sí, pero en la antesala; escuchaba sus propuestas con la atención que se presta a la lluvia que cae afuera y es ajena, para luego luego decidir lo que ya había decidido.
Al técnico que le señalaba que el proyecto no cerraba financieramente lo catalogaba como negativo, al que alertaba sobre el subsuelo, lo etiquetaba como “enemigo del desarrollo” y al especialista que pedía datos antes que fotografías, era sencillamente, “muy imaginativo”.
Mientras tanto, él hacía de las suyas, más no necesariamente en el sentido que investiga una fiscalía —aunque a veces también—, sino en lo más cotidiano y corrosivo: usar las instituciones como escenario personal, los cargos como trampolín y a las personas como escalones.
Cada inauguración llevaba su nombre en letras más grandes que la obra; cada logro colectivo se volvía mérito propio; cada error, culpa de un subordinado convenientemente prescindible.
Su método era tan sencillo como eficaz: convocar a los expertos para la fotografía del arranque y prescindir de ellos en la toma de decisiones.
Los consejos técnicos se archivaban; las ocurrencias se licitaban.
Quien insistía en la evidencia terminaba fuera de la mesa, y quien aplaudía con mayor entusiasmo, en la nómina.
De esa manera se fue construyendo, ladrillo por ladrillo, un muro de complacencia que impedía ver lo que todos los demás ya veían.
El ególatra goza de una ventaja sobre el resto de los mortales: no necesita memoria, porque está convencido de que la historia comienza cada mañana con él, por eso le sorprende tanto descubrir que los demás sí recuerdan.
EL TEATRO DE LA AMISTAD TARDÍA
Llegó, como llega siempre, la temporada baja. El cargo terminó, el partido encontró rostros más rentables y el teléfono dejó de sonar.
En ese silencio, que para cualquiera sería ocasión de examen de conciencia, el personaje halló una nueva vocación: la de amigo entrañable en quienes antes ignoró.
Ahora aparece en los eventos con el saludo y el abrazo prolongado, complementado con la palmada en la espalda que mide de paso, la firmeza del posible aliado.
Celebra en redes sociales los logros ajenos con un entusiasmo que jamás mostró cuando podía hacer algo por ellos.
Inclusive invita a desayunar para “intercambiar ideas” lo que en su vocabulario significa: recolectar contactos, legitimidad y, si se puede, una fotografía.
Se presenta como mentor de quienes construyeron su camino a pesar de él, pero lo más notable es creer y parecer convencido de que aún le funciona.
SIMULACION
Pero la simulación tiene un defecto de fábrica: requiere un público que no haya asistido a la función anterior.
Y he aquí la novedad: resulta que quienes fueron utilizados no olvidaron; simplemente aprendieron.
Son los que aprendieron a distinguir al personalista del líder, al que suma del que se suma, al que escucha del que solo espera su turno para hablar.
Son los que descubrieron que detrás del discurso de servicio había un espejo, y que en ese espejo cabía una sola persona.
Basta observar el patrón para reconocerlo: la amistad llega siempre con una petición debajo del brazo:
- Un respaldo para la próxima candidatura,
- Una firma para un desplegado,
- Su presencia en la mesa del presídium que le devuelva algo del brillo perdido.
- Nunca una disculpa; nunca un reconocimiento del daño.
El personalista no pide perdón, porque pedirlo, implicaría admitir que alguna vez hubo alguien más importante que él.
Queda, desde luego, un público que todavía aplaude: los ingenuos de buena fe y los recién llegados que no conocen el expediente.
A ellos no hay que reprocharles nada; basta con contarles la historia completa, porque la soledad del político caduco, no es una injusticia del destino sino la factura acumulada de años de desdén.
Y como siempre ocurre, las facturas y su pago, como sabe cualquier ingeniero que haya cerrado una obra, llegan sin falta.
Lo verdaderamente triste no es su soledad, sino que no la entienda, que continúe atribuyendo su aislamiento a la ingratitud ajena y no a sus propios actos, a que siga ensayando sonrisas frente a un auditorio que ya se sabe el guion.
Estas líneas no son, un ajuste de cuentas, sino un llamado a estar atentos, a distinguir con oportunidad a todos aquellos que hoy siguen creyendo que no estamos vacunados contra su enfermedad egoísta.
La vacuna se llama memoria y su refuerzo, experiencia. Quien ya padeció el contagio reconoce los síntomas a distancia: el abrazo calculado, el elogio con factura, la nostalgia selectiva de un pasado que ellos mismos echaron a perder.
La sociedad no necesita cobrarles nada, le basta con no volver a creerles y valorar hoy, a quienes ellos despreciaron ayer: a los capaces, a los honestos, a los que dicen lo incómodo a tiempo.
Esa es la única lección útil que tendrán, la cual reciben gratis, aunque no la quieran.
Corolario
“Amigo tardío, farsante de siempre.”
- Fotografía en portada de Marco Bianchetti a través de Unsplash.