“La envidia va tan flaca y amarilla,
porque solo muerde y no come”
—Francisco de Quevedo
La envidia es un sentimiento curioso, ¿no? Es el único pecado capital que nadie admite, incluso hay quien presume de su gula con orgullo, y hasta de su pereza con un toque de coquetería, pero envidiosos, ¡nada de nada! Parece que en toda la ciudad no hay ni uno solo.
Es como el secreto mejor guardado de la gente respetable. Aplaudimos los triunfos ajenos en público, pero en privado, a veces nuestro orgullo se siente un poquito lastimado. No es que nos dé codicia, sino que nos da “un poquito” de envidia ver a otros felices, mientras nosotros no lo estamos tanto.
Podemos distinguir dos tipos de envidia:
1) ABIERTA: la que con desdén y comentarios ácidos, es más fácil de ver, y
2) SILENCIOSA: que es más peligrosa, porque sonríe, felicita y guarda silencio. Se esconde tan bien que ni su anfitrión la nota además que reconocerla implicaría admitir que nos falta algo, y eso, a nadie le gusta.
ANATOMÍA DEL SILENCIO.
Conviene no confundirla con la admiración, aunque ambas suelan asistir a los mismos eventos, pues quien admira —reconoce el valor ajeno, sin sentir que le descuentan el propio.
El envidioso silencioso, en cambio, recibe el éxito del otro con un malestar difuso —tristeza, frustración, resentimiento— que no puede expresar sin quedar en evidencia, así que lo calla.
Por eso exponemos que el silencio no la elimina, antes bién la fermenta, como sucede con todo lo que se guarda sin ventilar, conviertiéndose en un murmullo interior que mide y compara cada logro propio con la vara del vecino, de modo que ningún triunfo alcanza a disfrutarse del todo.
Sus raíces no son misteriosas ya que vivimos en una vitrina donde las redes muestran el mejor ángulo de cada vida, y nadie publica la factura.
A ello se suma una autoestima de importación, sostenida en logros externos, que percibe cada éxito ajeno como una invasión territorial.
Tampoco ayuda la educación emocional, porque si de niños aprendimos que envidiar era pecado, la solución fue la de siempre —esconderlo bajo la alfombra— en lugar de entenderlo, de manera que así se padece, pero no se nombra.
Y ante lo anterior podemos sumarle inclusive una variante nacional, la de la famosa y siempre recurrida “cubeta de cangrejos”, cuyos miembros jurarían no envidiar a nadie: simplemente jalan hacia abajo, por solidaridad.
Sentir envidia no es el problema; es casi un trámite obligatorio de la condición humana, el problema es dejarla operar sin supervisión.
De esa manera aparecen sus obras: el amigo que se aleja sin explicación, el colega que sabotea con exquisita discreción, el pariente experto en indirectas.
En gremios y colegios profesionales la especie prospera con particular vigor; se le reconoce por el aplauso tardío y por la felicitación que nunca llega sin su respectivo “aunque”.
Los efectos colaterales de la envidia y de quien la siente no se alivian. La ansiedad, el insomnio y la sensación persistente de que algo falta, se infiltran, corroen las entrañas y las emociones, y atacan la salud mental. Es como un veneno que uno se toma esperando que enferme el otro, y rara vez funciona.
INSTRUCCIONES PARA DEJAR DE MORDER
Vamos a presentar los pasos que podrían ayudar en el tratamiento de esta comorbilidad psiquiátrica:
- Reconocerla, lo cual exige una valentía poco frecuente. Reconoce tu envidia en voz alta, sin juzgarte ni buscar aprobación. Esta admisión rompe el silencio y disminuye su poder. Pregúntate qué carencia revela: ¿envidio su éxito o el valor que tuvo para perseguir lo que yo apenas me atrevo a desear? La envidia, bien entendida, es una brújula que señala los anhelos desatendidos.
- Renunciar a la comparación, como combustible de todo el aparato. Comparar el capítulo tres con el veinte es como comparar la cimentación con la azotea. La gratitud por lo que eres, no por lo que muestras, cambia la mirada de la carencia a lo que tienes. Cada quien avanza a su ritmo, con sus circunstancias y batallas, aunque en la foto de los demás no se vean los andamios.
- Convertirla en admiración activa. En lugar de envidiar lo que otros tienen, aprende de ellos y aplícalo en casa sin necesidad de comprar lo mismo ni presumirlo. La envidia pregunta por qué él sí; la curiosidad, cómo lo hizo, una pregunta más útil. Convertir el malestar en curiosidad y la curiosidad en acción sigue siendo el mejor antídoto.
Si la envidia persiste y daña amistades, buscar ayuda profesional es sensato. A veces, la raíz está en la infancia, o en el mismo ejercicio y carrera profesional, pues podría tenerse la sensación de no haber sido visto ni valorado.
Atender esa herida permite dejar de cobrar una deuda inexistente. La envidia silenciosa es una de las pocas emociones que practicamos con disciplina, como un impuesto que se paga sin recibo ni obras públicas a cambio, erradicarla por decreto es ingenuo.
Es mejor y más sano reconocerla sin sonrojo y pongámosla a trabajar en lo propio, que suele estar más descuidado que lo del vecino.
La madurez no es aplaudir el éxito ajeno con sonrisa ensayada, sino mirarlo sin atormentarnos para mirarnos al espejo sin echar nada de menos.
COROLARIO.
“Quien se mira, no muerde”
- Fotografía en portada de Negar Nikkhah a través de Unsplash.