Aduana del reconocimiento
“El elogio es un espejo cóncavo:
agranda, pero deforma.”
—atribuida a Adriano de Sotavento
Vivimos en una época que ha perfeccionado el arte de medirlo todo, salvo lo que importa. Hay métricas para la popularidad, escalafones para la trayectoria, constancias para la asistencia y diplomas por haber recibido diplomas, por ello cualquier actividad humana, por modesta que sea, encuentra pronto su tabulador: estrellas, insignias y reconocimientos “a la trayectoria” que llegan, curiosamente, cuando la trayectoria ya no se mueve.
Nada de esto sería preocupante si los “códigos de valoración” sirvieran para lo que dicen servir: distinguir el trabajo bien hecho.
El problema comienza cuando la persona deja de preguntarse si su obra es buena y empieza a preguntarse si será bien recibida, ambas son dos preguntas distintas, aunque a veces, por fortuna o por desgracia, compartan respuesta.
Conviene, entonces, averiguar por qué tanta gente necesita que alguien más le certifique el valor de lo que hace, y por qué la alternativa —trabajar con serenidad, desconfiar del halago fácil y exigirse más que nadie— se practica tan poco siendo tan barata.
CONFUSIONES POR EL APLAUSO.
Un número considerable de individuos, incluyendo a diversas autoridades, son vulnerables a la influencia del canto de las sirenas, tal como se relata en la epopeya de Ulises, experimentando desorientación y mareos. En consecuencia, se presentan las siguientes razones:
- La incertidumbre. Quien no sabe juzgar su propio trabajo necesita un juez externo, y el aplauso fácil ofrece la ventaja de llegar sin argumentos. Es un veredicto sin considerandos: cómodo, rápido e inapelable mientras dura, en tanto responder por cuenta propia a la pregunta ¿esto vale? —exige criterio, y el criterio, a diferencia de los reconocimientos, no se entrega en ceremonia. Pocas cosas tranquilizan tanto como una medalla, aunque nadie recuerde quién la otorgó ni por qué.
- La estructural. Las instituciones necesitan señales rápidas para clasificar a personas que no conocen. Así nacen los escalafones, los rankings y las vitrinas repletas de placas. Con el tiempo, la señal sustituye a la sustancia y el sistema enseña una lección perversa: rinde más parecer bueno que serlo. Hay currículos que pesan más que las obras de sus autores, y obras excelentes que nunca encontraron currículo que las cargara.
- La pertenencia. Los códigos de valoración funcionan también como contraseñas de club. Recibir la distinción adecuada, no informa tanto sobre la calidad del trabajo como sobre la aceptación del grupo. Para muchos, ser admitido importa más que mejorar, y es comprensible: el frío de la exclusión se siente de inmediato; la mediocridad, en cambio, tarda años en notarse.
- El miedo. El halago opera como anestesia ante la posibilidad del fracaso. Quien vive del elogio no tolera la crítica, porque cada observación le parece una amenaza a la única estructura que lo sostiene. Y así se rodea de quienes le dicen lo que quiere oír, que nunca escasean y casi siempre cobran.
Las razones mencionadas anteriormente llevan a un resultado predecible: las organizaciones que valoran la lealtad a través de la aprobación pública y la competencia a través de la ausencia de crítica son las que recurren al aplauso como un andamio. Este andamio solamente es útil durante la construcción, pero se vuelve absurdo cuando se confunde con la estructura terminada.
La indiferencia no es una solución viable, ya que lleva a la insensibilidad a la crítica constructiva. Nadie se conoce completamente, por ejemplo, en ingeniería se hacen revisiones estructurales por un tercero, ya que quien solo se escucha a sí mismo, se da halagos engañosos.
DEL APLAUSO A LA PLOMADA
La salida no está en abolir los reconocimientos, sino en devolverlos a su lugar verdadero, para lo cual propongo cuatro hábitos sencillos, con la única desventaja de que no otorgan diploma alguno. Ninguno requiere presupuesto, comité ni fotografía oficial; basta la incómoda costumbre de revisarse.
I. Fijar el estándar antes de buscar la opinión. Quien sabe qué quiere lograr puede contrastar el resultado con su propia vara; quien no lo sabe, queda a merced de la primera ovación disponible.
II. Distinguir el elogio de la crítica. El elogio dice cómo lo ven a uno; la crítica fundada dice cómo mejorar la obra. Al primero se le agradece y se le suelta. A la segunda se le examina, se le filtra y se le aprovecha, venga de quien venga, incluso de quien no nos desea bien. Los adversarios, conviene recordarlo, suelen ser los lectores más atentos.
III. Desconfiar del consenso instantáneo. Cuando todos aplauden sin matices, lo más probable es que nadie haya leído con cuidado. La unanimidad inmediata rara vez es señal de calidad; con frecuencia lo es de cortesía, de prisa o de conveniencia.
IV. Medir el progreso contra uno mismo. La única comparación siempre justa es con la versión anterior del propio trabajo. Las demás dependen del jurado, del momento y, no pocas veces, del menú de la ceremonia.
Ser relajado frente al aplauso no significa ser indulgente con uno mismo, antes bién, significa mudar la exigencia de afuera hacia adentro, donde no hay público que engañar.
El reconocimiento—si llega, será consecuencia y no combustible; en tanto la crítica—bien digerida, dejará de ser herida para convertirse en materia prima.
Las obras sólidas no necesitan quien las sostenga con aplausos, simplemente necesitan quien las revise con plomada.
Corolario
“Menos aplauso, más plomada”.
- Fotografía en portada generada con IA.