Crónica de los eternos II
Moho en el sillón
“Los cementerios están llenos de gente indispensable.
— Atribuida a Georges Clemenceau
En la entrega anterior revisamos el origen de la especie, hoy toca con todas las precauciones y medidas de prevención al contagio, salir directamente a campo, con lupa en mano y cubrebocas puesto, a observar al ejemplar en su hábitat natural.
Circula en redes una imagen elocuente: dos naranjas juntas, una cubierta de moho y la otra contagiándose justo en el punto de contacto.
Encima, la leyenda: «Tu entorno importa muchísimo». Otra, más breve, completa la lección: «Elegir irse es elegirse». Juntas retratan un mal conocido en la vida pública y gremial: el de quienes llegan a un cargo para servir y terminan quedándose para servirse.
El moho no irrumpe de golpe, más bien avanza cautelosamente y en silencio, se instala en la humedad del descuido y, cuando por fin se nota su infectación, ya alcanzó a la fruta de al lado. Así es como opera la permanencia indefinida de esta clase de seres, que se impregna como una plaga: no destruye por un acto, sino por acumulación.
Hay directivos que llevan tanto tiempo en el cargo, que ya no se sabe si ellos presiden la institución o la institución los hospeda. Llegaron con el cabello negro y hoy lo lucen blanco o de plano lo han perdido pero lo único que no ha cambiado, es el gafete.
En algunas oficinas el sillón ya tomó la forma de las posaderas del ocupante y cualquier otro que se sentara ahí, correría el riesgo de quedar chueco.
ANATOMÍA DE LA PERMANENCIA
Los patrones son reconocibles. La tesis de la indispensabilidad, “sin mí, esto se cae”—se repite hasta creerse, mientras se omite formar relevos para confirmarla.
La ingeniería estatutaria en su máxima expresión: periodos que se alargan, “planillas de unidad” que son candidaturas únicas y excepciones “por única vez” que ya ocurrieron tres veces.
Pero el más revelador es: el ofendido profesional. Cuando alguien señala la antigüedad del mando o la opacidad de las cuentas, la respuesta no es un argumento sino un agravio: “es un ataque a la institución”, “hay intereses detrás” y otra sarta de dislates.
Esos solamente atienden y pretenden fundir a la persona con la investidura, para que toda crítica al ocupante, parezca agresión al organismo.
La naranja con moho, se ofende porque le dicen que tiene moho.
Es la lógica del invitado que se niega a irse de la fiesta a las tres de la mañana y, cuando el anfitrión apaga la música, se indigna: “¡Qué falta de respeto a las tradiciones de esta casa!”, es el que no se ofende porque lo corran; se ofende porque lo notaron.
Existe una variante más sutil: la del que se va sin irse. Entrega el cargo, pero no el mando, este sujeto coloca al sucesor, dicta la agenda desde el consejo, veta desde la sobremesa y reaparece cada vez que alguien pretende cambiar algo.
Cambia la fotografía oficial; no cambia quien decide.
Recordemos que el poder tras bambalinas, es la forma más cómoda de permanencia: conserva la influencia y evade la rendición de cuentas.
Son los expresidentes que ya no despachan, pero no pierden la ocasión para salir en la foto de cada evento; que ya no firman, pero hay que consultarles; que ya se despidieron con discurso y placa, pero conservan la llave del cajón.
Es el ventrílocuo institucional: el sucesor mueve la boca, pero la voz es la de siempre.
PREDICAR DEMOCRACIA, PRACTICAR FEUDO
Las cámaras empresariales, colegios de profesionistas y organizaciones de la sociedad civil se establecieron como contrapesos: interlocutores técnicos frente al poder, garantes de la ética y vigilantes del interés público.
Desde sus tribunas, exigen con razón la alternancia, la transparencia, la limitación del poder y el respeto a las reglas, sin embargo, el problema surge cuando dicha exigencia carece de coherencia interna.
¿Con qué autoridad moral se reclama a un gobierno que respete la no reelección, cuando la propia directiva acumula periodos prolongados? ¿Cómo se denuncia la opacidad pública, si los estados financieros del organismo no son conocidos ni siquiera por el agremiado? ¿Cómo se critica el dedazo, si la sucesión interna se decide en una reunión privada entre expresidentes?
La incongruencia no es un asunto trivial; representa la grieta por la cual se erosiona la credibilidad, ya que la autoridad al ser consciente de ello, escucha por cortesía, no por necesidad, y permite que esta farsa persista por conveniencia.
Es comparable al nutriólogo que promueve la alimentación saludable mientras consume alimentos poco saludables: su mensaje carece absolutamente de credibilidad.
Los síntomas de esta disonancia son evidentes: padrones que se encuentran obsoletos, asambleas con la misma asistencia de siempre, agendas que datan de hace dos décadas, mientras que el sector enfrenta la transformación digital, la transición energética y generaciones que emprenden de manera diferente.
Las ideas innovadoras no se debaten; se archivan, pues quienes las proponen no pertenecen al círculo interno, además de resultar inaceptable para los líderes permanentes y los hábiles manipuladores, quienes continúan ejerciendo control sobre sus seguidores.
Los ingenieros comprendemos que ninguna estructura puede mantenerse indefinidamente sin un mantenimiento adecuado, el cual implica la sustitución de componentes que han alcanzado su vida útil.
La retirada de estos componentes no constituye una afrenta a su existencia, sino un reconocimiento al diseño original, en consecuencia, afirmamos que una institución que carece de mecanismos de renovación no se fortalece, sino que se vuelve más rígida, y dicha rigidez es un indicio premonitorio de una posible fractura.
¿Existe una solución a esta problemática? Sí, la hay, y no requiere intervenciones dramáticas, ni de exorsismo, sino la participación activa y consciente de los miembros de la institución.
La decisión de retirarse de manera oportuna y efectiva, es una elección personal y quien opta por esta vía, se posiciona como un referente y no como un obstáculo para el progreso y evolución asendente de cualquier organización.
Este es el verdadero líder, aquel que será recordado por sus contribuciones y logros, y no por las barreras que impuso.
Una institución sana no requiere la presencia constante de salvadores ni la influencia discreta de titiriteros; necesita la preparación de sucesores competentes, el cumplimiento riguroso de las normas establecidas y la congruencia entre los principios que se proclaman y las acciones que se llevan a cabo.
COROLARIO.
“Irse a tiempo también es construir.”
(En la tercera y última entrega, «Manual de desalojo»: los antídotos, los métodos y el botiquín completo para que los agremiados recuperen su casa sin romper ningún mueble… salvo, quizá, el sillón.)
- Fotografía en portada generada con IA.