Oficinas virtuales, seguridad en riesgo

“El silencio, sigue siendo el lujo,

que nadie sabe comprar en oferta.”

Nos encontramos constantemente inmersos en un entorno sonoro que, con escasas excepciones, no es producto de la casualidad, sino una manifestación deliberada.

La música a todo volumen en la sala de espera, la llamada telefónica que no necesita altavoz porque el interlocutor está a diez metros, el video que nadie pidió ver pero todos terminan escuchando: no son descuidos, son actuaciones.

Poseer un teléfono no es licencia para convertir al prójimo en público cautivo de una conversación que, por definición, debería quedarse entre dos personas, el altavoz hoy, funciona menos como bocina, que como escudo de armas: anuncia estatus con la misma discreción con que un pavorreal despliega la cola.

El fenómeno prospera lo mismo en la fila del supermercado que en las salas VIP de los aeropuertos, donde la discreción debería costar tanto como el acceso mismo, si no es que más.

Un amigo, jurisconsulto de paladar fino, me confesó su gusto por asistir a cierto bar de gente pudiente —“alto pedorraje”, en su generosa taxonomía— con la esperanza de presenciar, algún día, la caída accidental de uno de los tantos millones que ahí se pronuncian, pero rara vez se ven y el motivo es claro, porque quien de verdad tiene un millón, rara vez necesita anunciarlo entre trago y trago.

En una reciente escala aeroportuaria fui testigo involuntario de esa liturgia contemporánea del alarde: negocios cerrados a viva voz, cifras redondeadas hacia arriba, contrapartes que se conocerán en persona —por primera vez tras meses de trato exclusivamente telefónico, como manda la moda del emprendimiento sin domicilio.

Durante el abordaje, un pasajero narró al aire, con micrófono abierto y volumen de subasta, los pormenores de un contrato “multimillonario” de suma importancia.

Su única inquietud genuina no era el monto, sino el escenario: temía que reunirse en una cafetería de cadena, en lugar de una oficina, restara seriedad a la empresa.

Aquí la ironía, generosa como pocas, se sirvió sola, como un buen expreso doble, con espuma y sin azúcar.

LA OFICINA QUE NO EXISTE.

Ahí radica el verdadero asunto, más allá del decibel: una generación de “emprendedores” ha descubierto que una mesa de café ofrece wifi, enchufe y mobiliario sin costo, y ha decidido que eso equivale a una sede social.

Se llaman a sí mismos disruptores y se creen más listos que todos; en rigor, son inquilinos temporales de la corriente eléctrica ajena, arrendatarios sin contrato de un metro cuadrado prestado.

“Vencer al sistema”, le dicen, aunque agandallarse y ser unos francos “chayotes” —colgados, en el sentido más literal— sería la descripción menos condescendiente.

Confunden, con encomiable candor, la ubicuidad con la solidez, creen que estar en todas partes equivale a responder desde alguna.

El problema no es la sobriedad del gasto pues la frugalidad y sensatez, bien entendidas son virtud, no vergüenza, y ya quisieran muchas corporaciones aprender de ella.

El problema es la ausencia de domicilio formal cuando de por medio hay contratos, anticipos y confianza ajena.

Ninguna promesa verbal sustituye a un espacio que responda, física y legalmente, por lo pactado.

La cafetería sirve café, no sirve garantías, y menos aún seguridad jurídica a quien firma de buena fe frente a un barista distraído.

Cuando el negocio se cae, el domicilio fiscal resulta ser, invariablemente, tan virtual como la oficina.

Que cada quien organice su negocio como mejor le acomode, ya que la libertad de empresa no se discute, faltaba más, pero conviene recordar que la seriedad no se declama a gritos en la sala de un aeropuerto, ni se improvisa entre tazas ajenas, simplemente se construye discretamente, con hechos que no necesitan público ni volumen.

Lo demás es utilería: escenografía de solvencia para un público que, dicho sea de paso, tampoco pidió boleto.

En última instancia, como en otros tantos asuntos, el juicio queda en manos del lector.

COROLARIO

“Quien mucho presume, poco garantiza.”

  • Fotografía en portada de Jonathan Velasquez a través de Unsplash.