Sobre el debido proceso y la memoria del agua

Una reflexión sobre legitimidad, procedimiento y consecuencia

 

En toda organización que se precie de seria — sea un colegio profesional, una asociación civil o cualquier cuerpo colegiado — existe un principio que no es negociable ni está sujeto a la coyuntura del momento: nadie pierde su calidad de miembro, su nombre o su historia sin que medie un procedimiento comprobado, transparente y con derecho de audiencia.

No se trata de un formalismo burocrático. Se trata de la diferencia entre una institución y una hoguera.

La historia nos enseña que cuando se prescinde de ese derecho a ser escuchado, no se hace justicia: se ejecuta un veredicto ya decidido de antemano, revestido con el lenguaje de la legalidad.

Así se quemaba en el medioevo a quien se acusaba de brujería — sin pruebas que resistieran el escrutinio, sin comité que investigara, sin más argumento que la conveniencia de quien acusaba.

Los juicios sumarios no construyen autoridad moral; la erosionan, y las organizaciones que los toleran, tarde o temprano, terminan juzgadas ellas mismas por la manera en que juzgaron.

Quiero ser claro: no corresponde a este espacio litigar casos particulares ni suplantar a los órganos internos que deben resolverlos, lo que si corresponde es recordar un principio que trasciende personas, siglas y coyunturas.

La legitimidad de una decisión no nace de quién firma al calce, sino del proceso que la sostiene.

Un acuerdo debidamente ratificado ante notario es válido en su forma; pero la forma no sustituye al fondo, y el fondo exige que el señalado haya tenido oportunidad real de ser escuchado antes de que la puerta se cierre en su nombre.

A quienes hoy se sienten sorprendidos por decisiones que parecen dictadas más desde el ánimo que desde el estatuto, y a quienes ejercen liderazgos que empiezan a parecerse más a pequeños reinos que a instituciones representativas, vale la pena hacer una reflexión sin estridencias:

“El tiempo — que no tiene prisa, pero tampoco olvida — termina poniendo a cada quien en el lugar que le corresponde.”

Las organizaciones que perduran son las que se sostienen en procesos, no en personalismos, en tanto las que se sostienen en personalismos, con el tiempo, se quedan solas.

La puerta, como siempre, sigue abierta, recordemos reiteradamente que no hay decisión tomada al margen del debido proceso que sea, en sentido estricto: definitiva — porque lo que no nace de un procedimiento justo, tampoco puede reclamar permanencia.

Y como bien dice la sabiduría popular:

“El agua siempre agarra su nivel.”

Por una industria — y por instituciones en general — unidas en procedimiento, no solo en discurso.

Ing. AAGlezF

  • Fotografía en portada de Tingey Injury Law Firm a través de Unsplash.