“El que ejecuta las órdenes de otro,
no puede llamarse libre, aunque lleve corona.”
— Montesquieu, El espíritu de las leyes, 1748.
En el Renacimiento y la Ilustración, los regentes gobernaron en ausencia de un monarca titular, ya fuera por minoría de edad, enfermedad o incapacidad; fue así como Catalina de Médici y Felipe de Orleáns, por ejemplo, ejercieron el poder delegado para asegurar la continuidad dinástica y, en el caso, aplicar reformas racionales.
Hoy vemos líderes con autoridad constitucional que actúan como regentes, no por falta del soberano, sino porque sus decisiones dependen de intereses particulares, poderes fácticos y económicos o presiones mediáticas, gobernando para un interés ajeno al bien común.
PARTE I.
La figura del regente surgió en las cortes medievales europeas para gobernar en nombre de un rey menor de edad, enfermo, ausente por la guerra o incapaz de reinar o para mantener los intereses económicos de algunos mecenas. El regente gobernaba por delegación, no por derecho propio, y su legitimidad era secundaria.
El regente restituía el poder al monarca o heredero al alcanzar la mayoría de edad o al completarse el financiamiento proporcionado por el patrocinador. El soberano tenía la facultad de revisar o revocar las decisiones del regente, por lo que este último se aseguraba de contar con garantías y de implementar reformas únicamente con el consentimiento de sus aliados y cortesanos.
El bien del reino importaba, pero menos que la aprobación del rey ausente, por lo que la responsabilidad y la gloria nunca eran del todo del regente.
PARTE II.
Las coronas se han transformado en papeletas electorales, constituciones y balances de poder republicanos. Irónicamente, la figura del regente prospera hoy en día, adaptada a corbatas, guayaberas y discursos democráticos, en ciertas oficinas públicas.
El regente actual no responde a un monarca ausente, sino a un partido político, un benefactor con gran influencia, una estructura corporativa, una facción que busca beneficios económicos, o a la voluntad de un líder político cuya instrucción puede anular cualquier decisión técnica, dictamen jurídico o política pública que se perciba como autónoma.
El rey cambió de forma, pero la subordinación sigue igual. Observémoslo:
- Un funcionario demora la firma de un decreto, no por la ley, sino esperando una señal que no llega.
- Un ministro anuncia medidas urgentes y luego las congela sin explicación, porque alguien arriba cambió de parecer.
- Un alcalde gestiona su municipio con un ojo en los vecinos y el otro en quien lo puso ahí.
Gobiernan en nombre de la ciudadanía, pero satisfacen a otro, y a diferencia del regente medieval, cuya sujeción era pública y formal, el regente moderno afirma servir solo al pueblo, pero ajustando sus decisiones a los intereses de quien realmente manda, es, ante todo: un regente con departamento de relaciones públicas.
PARTE III.
La pregunta crucial no es cómo denunciar este fenómeno, ya que la denuncia tiene siglos de antigüedad y poca eficacia para prevenirlo. En cambio, debemos enfocarnos en crear las condiciones que hagan insostenible la figura del regente encubierto, para ello la historia nos ofrece algunas pistas que la política suele ignorar:
- Primera, la transparencia radical de los vínculos. Toda autoridad pública debería estar obligada, no solo moralmente sino legalmente, a declarar con quién se reúne, a quién consulta antes de tomar decisiones y qué intereses rodean sus actos de gobierno. Esto no debe ser una mera formalidad, sino un mecanismo de escrutinio permanente. El regente prospera en la oscuridad; la transparencia es, literalmente, luz sobre el trono prestado.
- Segunda, la solidez de las instituciones intermedias. Organismos autónomos, contralorías con dientes, medios independientes y organizaciones ciudadanas capaces de incomodar son esenciales. El regente medieval se sentía seguro porque no había nadie con autoridad suficiente para pedirle cuentas hasta que el soberano regresara. En democracia, el soberano es el ciudadano, y para ejercer ese poder deben existir estructuras que traduzcan su voluntad dispersa en supervisión efectiva y continua.
- Tercera, quizá la más difícil, ya que requiere virtud en lugar de solo mecanismos, es la formación de una cultura política que castigue electoralmente la servidumbre encubierta. Los votantes deben reconocer y señalar al funcionario que gobierna de rodillas, distinguiendo entre el representante que rinde cuentas al ciudadano y el que rinde pleitesía al poder que lo ungió. Esta educación cívica no se instala en un ciclo electoral; se construye a lo largo de generaciones, con la paciencia lenta y tenaz que requieren todas las transformaciones que valen la pena.
El regente medieval desempeñaba una función y poseía, dentro de su contexto histórico, cierta dignidad, sin embargo, lo que carece de dignidad —tanto histórica como democrática— en la actualidad, es que sus supuestos herederos, continúen ocupando cargos en nombre de ciudadanos que jamás les otorgaron la obediencia y sumisión que manifiestan hacia otro.
Es hora, ya, de que quien ejerza el poder lo ejerza entero: sin rey ausente, sin señor silencioso, sin trono prestado que devolver al primer aviso.
COROLARIO:
“Quien sirve a otro no gobierna: administra su vasallaje.”
- Imagen en portada generada con Gemini.