“Miente, miente, miente que algo quedará,
cuanto más grande sea una mentira más gente la creerá”
—Joseph Geobels.
Los gobiernos poseen una maestría excepcional en el arte de la orfebrería narrativa, la cual han convertido en una disciplina que dominan con una destreza inigualable.
No se enseña en universidades, no figura en ningún programa de gobierno, y sin embargo sus practicantes la ejercen con la destreza de artesanos hereditarios.
Consiste en esencia, en pulir cualquier superficie áspera de la realidad, con la destreza del optimismo industrial hasta que brille con el lustre reconfortante de lo improbable.
El relato oficial coexiste incómodamente con la vida diaria de sus supuestos beneficiarios, quienes lo perciben con asombro e indignación, como vecinos afectados por el uso indebido de recursos comunitarios, como el riego de un jardín privado con el pozo del parque público cuando las calles arden.
INSTRUMENTO DE PERCUSIÓN.
La conferencia del pueblo, un evento meticulosamente orquestado y manipulado, constituye un ritual diario de redención, en el que se presenta una narrativa propia con “rollos” tendenciosos apoyados con presentaciones de PowerPoint y algunos actores de la misma compañía o carpa.
Este fenómeno ha dado lugar a la creación de un género literario sin precedentes: la épica de lo medible, falso y descarado.
En el mundo de sus datos, las cifras a veces no reflejan del todo la realidad, porque en el fondo, cuando dicen que el desempleo está “a la baja”, puede que haya más gente vendiendo en la calle o trabajando en el comercio informal.
De la misma manera, cuando dicen que la inflación está “contenida”, nos damos cuenta de lo contrario, al percatarnos del importe del precio de un carrito de supermercado, cuesta casi lo mismo que una motocicleta.
Esta estrategia, por supuesto, no es novedosa. El político inglés Benjamín Disraeli advirtió la existencia de tres tipos de mentiras: las mentiras, las grandes mentiras y las estadísticas.
En esa época, ningún gobierno podía presentar estadísticas en tiempo real a una audiencia informada, y aún hoy, el relato oficial no tiene que coincidir con la realidad, pues su repetición con convicción y frecuencia, funciona como lo sugirió Joseph Goebbels, el siniestro estratega de la propaganda nazi.
El ciudadano común, con experiencia irrefutable pero sin credenciales técnicas, se encuentra en una situación peculiar: experimenta hambre, aunque los datos nacionales de nutrición le indiquen lo contrario.
Frente a esta contradicción, se enfrenta a la disyuntiva de aceptar la cuestionable autoridad de la información alternativa, o confiar en sus propios sentidos, asumiendo las posibles consecuencias, ya que en ciertas jurisdicciones oficiales, esta última opción, se considera una infracción al ir en contra de los intereses del gobierno.
La utopía oficial es una promesa eterna y en gerundio. Se anuncian logros, mientras que los fracasos se posponen al trimestre siguiente, que traerá nuevas promesas, pero sin buenos ni incuestionables resultados. Es como retroceder al mismo ritmo que avanzas, es literalmente un sueño consciente que se niega a despertar.
REMEDIO.
La comprensión del hipnotismo narrativo no exige un doctorado en ciencias políticas ni acceso a información clasificada, antes bien, requiere una disciplina perceptiva más modesta: la práctica de contrastar las declaraciones con las experiencias vividas, las promesas con las acciones concretas, y las celebraciones con las omisiones.
Sin órganos autónomos que garanticen y mejoren el gobierno, la ciudadanía debe ser crítica, no una mera masa aplaudidora en una ceremonia de adhesión, para ello tenemos que distinguir dos acciones fundamentales:
I. Emancipación intelectual. Interpretar el silencio u ocultamiento oficial es crucial, ya que tanto lo que se dice como lo que se omite en los relatos gubernamentales son significativos. Por ejemplo, si la conferencia mañanera dedica cuarenta minutos a una obra inaugurada por tercera vez y ninguno a la escasez de medicamentos en hospitales públicos, el engaño se revela en los silencios. Un ciudadano medianamente entrenado interpreta este silencio con la misma atención que un anuncio luminoso con letras de neón.
II. Recuperar la evidencia colectiva. Una sociedad que comparte sus percepciones, como las del tendero, el médico de guardia y el maestro de escuela pública, crea un termómetro social más fiable que cualquier indicador diseñado para confirmar lo que el poder necesita. Las redes de conversación ciudadana, sin ruido partidista, funcionan como el sistema nervioso de una democracia sensible.
Resistir la fatiga cívica que el relato oficial insiste en cultivar con su tenebroso y arcano método, es crucial, lo mismo al distinguir que el agotamiento que persigue y nos induce, es una estrategia y no una casualidad.
La frustración por la falta de comprensión, inconsistencia numérica y resultados busca llevar a la ciudadanía a la inacción y sumisión, cediendo el poder, el cual es su objetivo primario.
Esta abdicación silenciosa es peligrosa porque es el logro más importante de una narrativa tendenciosa que culmina con la difusión de mensajes ideológicos que socaban la democracia.
Es imperativo que mantengamos una vigilancia constante para desentrañar los enigmas que esta siniestra narrativa didáctica intenta imponer.
COROLARIO:
“La verdad no necesita buenos días ni conferencias”
- Fotografía en portada de 愚木混株 Yumu a través de Unsplash.