Cuando lo urgente entierra lo importante

“Si solo tienes un martillo,

todo te parece un clavo.”

— Abraham Maslow

En la actualidad, se están abordando diversos temas de inversión con un enfoque positivo que raya en la utopía, además de destinarse una considerable cantidad de recursos económicos para posicionarlo en la atención mediática. 

Aunque esto no disminuye la importancia de las estrategias de comunicación y difusión de gran envergadura y alto costo que se emplean en numerosos proyectos de infraestructura, existen algunas lagunas para poder ser considerados de beneficio real.

Para que estos proyectos sean considerados verdaderas inversiones y contribuyan al bienestar social, es fundamental evitar la “visión de túnel”, un concepto que exploraremos a continuación, acompañado de nuestra opinión para su progreso.

VISIÓN ANTEDILUVIANA.

La metáfora de la “visión de túnel” ilustra con precisión un fenómeno frecuente en la planificación del desarrollo y la infraestructura: la propensión a focalizarse en un objetivo inmediato y restringido, lo que conlleva a una pérdida de perspectiva respecto al entorno sistémico —integral y holístico, así como las implicaciones a largo plazo y las necesidades de las comunidades afectadas.

Si bien esta focalización puede generar resultados rápidos y medibles, a menudo produce soluciones frágiles, inequitativas y contraproducentes.

Para que los proyectos sean efectivos —y asertivos, es necesario ampliar el campo visual, adoptando un enfoque armónico, adaptativo y profundamente contextual.

El principal desafío asociado con la visión de túnel en el ámbito de la infraestructura para el desarrollo reside en su excesiva concentración en indicadores aislados, por ejemplo, cuando un gobierno emprende la construcción de una carretera de cuatro carriles con el objetivo de disminuir el tiempo de traslado entre dos ciudades, la evaluación del éxito de dicho proyecto se limita frecuentemente a la medición de los minutos ahorrados.

Empero, al ignorar el tejido social y ecológico, esa carretera puede fragmentar comunidades, desviar el flujo económico de poblados intermedios, incentivar la expansión urbana descontrolada y atravesar humedales protegidos.

Si bien es cierto que la obra física está ahí y es eficiente en su propia métrica, también es verdadero que es profundamente inefectiva en términos de desarrollo humano y sustentabilidad.

Lo mismo ocurre con megaproyectos energéticos, hidráulicos o ferroviarios que desplazan poblaciones sin un reasentamiento digno, o con urbanizaciones verticales que olvidan el transporte y los espacios públicos.

VISIÓN PROPUESTA.

Para ser verdaderamente efectivos, los asuntos de desarrollo e infraestructura deben tratarse con lo que podríamos llamar “visión panorámica“: que incluye la capacidad de completar escalas, tiempos y actores diversos, implicando tres cambios fundamentales:

I. Pasar de proyectos a sistemas. Una carretera no es un fin en sí misma, sino un nodo dentro de redes de movilidad, comercio, hábitat y equidad. Su diseño debe coordinarse con planes de ordenamiento territorial, vivienda asequible, corredores biológicos y transporte multimodal. La efectividad no se mide solo en plazos de construcción o costos, sino en cómo ese activo reduce desigualdades, fortalece economías locales y respeta los límites ecológicos.

II. Adoptar la participación vinculante. La visión de túnel suele ser hija del tecnicismo y la planificación de escritorio. Los ingenieros y economistas definen “lo óptimo” sin dialogar con quienes habitan y usarán la infraestructura. Para ser efectivos, los proyectos deben incorporar desde el diagnóstico inicial la sabiduría local, los conocimientos tradicionales y las necesidades expresadas por las comunidades. Como hemos expuesto en colaboraciones anteriores, esto no es un gesto democrático menor pues evita conflictos costosos, revela variables invisibles (como usos culturales del agua, rutas de ganado o fauna) y genera apropiación social, que es la mejor garantía de mantenimiento y durabilidad.

III. Incorporar la flexibilidad y la evaluación continua. La visión de túnel tiende a la rigidez: se aprueba un diseño y se ejecuta sin permitir ajustes. Pero el desarrollo ocurre en contextos vivos, con climas cambiantes, dinámicas económicas impredecibles y necesidades que evolucionan. Una infraestructura efectiva es aquella que puede adaptarse: puentes diseñados para soportar crecidas mayores a las históricas, edificios públicos con usos reversibles, sistemas de agua modulares, drenes para escurrimientos estacionales, etc., sin soslayar la imperiosa necesidad de requerir también, mecanismos de monitoreo participativo que permitan corregir el rumbo sin estigmatizar el error.

En conclusión, abordar la visión de túnel no implica la pérdida de enfoque, sino su ampliación para contemplar el panorama completo.

El desarrollo efectivo no se alcanza mediante un mayor volumen de hormigón o una aceleración en la ejecución, sino mediante la creación de proyectos que se integren como componentes de un organismo vivo, conectados con su entorno, en diálogo continuo con las personas, y con la capacidad de aprendizaje y transformación.

Matemáticamente, podemos afirmar que “únicamente de esta manera”, la infraestructura dejará de ser un túnel que nos aísla del mundo, para transformarse en un puente que nos conecte de manera más eficiente con él.

Corolario:

“Ampliar la perspectiva para conectar con los demás.”

  • Fotografía en portada tomada de la biblioteca personal del ICC Tito G. Fenech Cardoza.