“La verdad es hija del tiempo,

no de la autoridad.”

— Francis Bacon

Hay ciertos espectáculos que, por su sola presencia, merecerían un premio a la creatividad involuntaria.

Tal es el caso de esas autoridades que, ante una simple gotera en el techo de la administración —un informe incómodo, una estadística mal cocinada, una ineficiencia que huele complicidad o un siniestro de tránsito— deciden no reparar la tubería, sino clausurar el cielo.

El método es tan antiguo como la propia tontería: si algo se ve feo, cúbralo con una manta y si alguien pregunta, niegue con elegancia, y si se insiste con la pregunta, excluya al preguntón del mapa, como si la realidad fuera un club privado al que solo se accede con tarjeta de cortesía.

Asistimos, con una mezcla de fascinación e hilaridad contenida, a las más variadas puestas en escena del ocultamiento burdo. Funcionarios que, con el sigilo de un elefante en cristalería, colocan lonas inmensas sobre monumentos que se caen a pedazos, creyendo que el ojo ciudadano se distrae con la textura plástica.

Periodistas a quienes se les niega el acceso a conferencias de prensa debido a la afirmación de que el aforo está completo, observan con frecuencia que dicho aforo se llena consistentemente con individuos que exhiben una sumisión excesiva, manifestada a través de asentimientos repetitivos y una deferencia excesiva hacia figuras de autoridad. 

Cabe destacar la presencia de un individuo o departamento en particular, cuya función parece ser la de obstaculizar el acceso a la información, desviar preguntas y expresar preocupaciones infundadas, a menudo con la frase “no se puede, jefe, no se puede”, que en realidad encierra la intención de evitar la divulgación de información que podría requerir explicaciones posteriores o difundir comunicados de prensa que nadie cree.

Algunos mandos de seguridad confunden la autoridad con silbar órdenes, bloquear accesos o mirar por encima del hombro al ciudadano, aunque lo trágico es que cuando lo oculto son fallos en patrullajes, ausencias en operativos o estadísticas incómodas, la censura se vuelve peligrosa, pues la ejercen quienes empuñan armas y los borradores.

La característica más notable de estas estrategias reside en su inversa proporcionalidad con su eficacia: a mayor esfuerzo en intentar ocultar información, ya sea mediante la colocación de obstáculos físicos o la implementación de medidas superficiales, mayor se vuelve la percepción de sospecha. 

El ciudadano, considerado por algunos como susceptible a la manipulación, posee una curiosidad innata, comparable a la necesidad de sustento.

La prohibición pública de un elemento o acción genera en un plazo inferior a veinticuatro horas, la formación de grupos de individuos motivados a investigar las razones subyacentes a dicha restricción. 

En consecuencia, la ineficiencia inicial, que podría ser percibida como un problema menor, se transforma en una narrativa de conspiración, en un fenómeno viral de difícil control, y en un argumento recurrente que será utilizado por la oposición durante la próxima década.

El problema fundamental, dejando de lado la ironía por un momento para abordar la seriedad del asunto, trasciende lo ético y se adentra en lo práctico. 

El ocultamiento de información mediante métodos poco ortodoxos, la exclusión de la prensa con pretextos triviales o la restricción del acceso a espacios públicos bajo el eufemismo de “reorganización” no generan sino desconfianza y ridículo. 

Cabe destacar, apreciados lectores, que el ridículo, a diferencia del error, no se olvida; se perpetúa en la memoria colectiva, ya que, si bien un error puede ser perdonado, una tapadera absurda sobre una estatua, o las columnas que se hunden de un puente jamás.

Lo más perjudicial, con el debido respeto a las tapaderas, es la actitud cortesana, esa adhesión voluntaria a la censura motivada por el temor a desairar a un superior o por la búsqueda de una promoción.

El cortesano contemporáneo no se caracteriza por la malicia, sino por la cobardía, manifestada a través de su indumentaria, que incluye corbata, placa, gorra, chaleco o quepí. 

Es el que se desempeña como un estratega del silencio, priorizando la preservación de su posición sobre cualquier atisbo de veracidad.

En consecuencia, debido a la combinación de ocultamiento y silencio por parte de ciertas entidades, la ciudadanía se encuentra en una situación de desinformación y esta situación no se debe a la inexistencia de información verídica, sino a la preferencia de algunos por la manipulación informativa, que prioriza la apariencia de orden sobre la incomodidad inherente a la transparencia.

Afortunadamente, la historia y el sentido del humor están de nuestro lado, porque ninguna manta, por grande que sea, ningún vehículo oficial ni ningún cono plástico podrá ocultar para siempre lo que la realidad se empeña en mostrar.

En conclusión podemos inferir que ninguna exclusión, por bien tramada, impedirá que, tarde o temprano, la verdad se cuele por la rendija más inesperada, y quizá venga acompañada con una sonrisa.

Corolario:

“La verdad, aunque incómoda, siempre libera.”

  • Fotografía en portada de Rob Laughter a través de Unsplash.